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17 febrero 2012

Alemania: La república bajo mínimos



Después de varios meses de interminables debates sobre las sospechas de corrupción del hasta ahora presidente de la República Federal de Alemania, esta mañana Christian Wulff presentó su dimisión, sin que hubiera hasta la fecha pruebas del tráfico de influencias del que le acusan desde hace tres meses algunos medios de comunicación como Bild y Der Spiegel.

Todo comenzó a raíz de un préstamo privado que un empresario amigo de Wulff había concedido a éste -siendo aún presidente del estado federado de Baja Sajonia- para la compra de su nuevo chalé, y ello a un tipo de interés preferencial, algo que tampoco es algo poco habitual.

Tras aparecer esta noticia en los medios, Wulff cometió el error de querer tapar el asunto como algo baladí, y entonces se averiguó que en realidad actuaba como prestamista la mujer del empresario. Otro error fue que entonces sustituyera el préstamo por otro concedido -también a un tipo de interés preferencial- por el banco BW Bank, el banco del estado federado de Baden-Württemberg. Lo que no se ha podido probar aún es que este empresario recibiera trato especial por parte del gobierno de Baja Sajonia, y sólo en tal caso sería algo perseguible.

Después, la prensa, ni corta ni perezosa, hizo más indagaciones sobre la vida anterior del presidente de la república. Resulta que durante su tiempo como ministro-presidente de Baja Sajonia pasaba sus vacaciones en chalés de lujo de aquel y otros empresarios, aunque en algunos casos pagando, otras las pasaba en casas de amigos de la juventud. Así, todo se convirtió en una auténtica caza de brujas, llegando algunos incluso a contar historias de los tiempos de instituto, cuando Wulff había sido miembro activo de la Union de Estudiantes, organización estudiantil de la CDU que tiene actividades en los institutos de bachillerato (así lo contó el redactor jefe del semanario Die Zeit, compañero de instituto de Wulff).

Olaf Glaeseker, Christian Wulff
La cosa se complicó cuando se averiguó que el ex portavoz y jefe de prensa de Wulff, Olaf Glaeseker, tanto en el gobierno de Baja Sajonia como en la Presidencia de la República sí hizo mal uso de sus cargos al contratar todos los eventos de la CDU y/o del gobierno de Baja Sajonia con la empresa de un amigo, algo similar a lo que en España es el caso Gürtel, aunque menos extenso. Wulff cesó a Glaeseker el 22 de diciembre de 2011, lo que indicaba que sabía más de lo que se había contado hasta entonces. Las investigaciones de la fiscalía incluso llevaron a un registro en la Presidencia de la República a finales de enero, algo insólito hasta entonces.

Desde entonces, el acoso y derribo contra Wulff no cesaba. Incluso el diario alemán Die Welt publicó un artículo sobre los valores de la monarquía redescubiertos a raíz de la cada vez más desprestigada república.

Wulff apenas llevaba un año y ocho meses en el caso, después de que los medios también consiguieran acosar al anterior presidente de la república, Horst Köhler, a raíz de unas opiniones sobre las misiones militares en el exterior, aunque su dimisión se produjo finalmente por no querer firmar una ley que implicaba un mayor endeudamiento de Alemania a consecuencia de la crisis del Euro. Todo hace pensar que al final son los medios de comunicación y otros grupos de presión que deciden quién puede estar en un cargo y quién debe dimitir, pues no a todos se aplica el mismo rasero, ya que no se investiga a toda la clase política con la misma meticulosidad.

Un jefe de estado sirve ante todo para encarnar al estado y a su pueblo, es decir, en cierto modo es la representación encarnada del estado y de la nación. Esta función transfiere al cargo la dignidad y el prestigio que se le atribuye tanto en el propio país como en el extranjero. Pero, lamentablemente, el ejercicio de esta responsabilidad como expresión de la identidad del pueblo con su estado no existe cuando el jefe del estado proviene de un partido político y, por lo tanto, no es capaz en absoluto de representar a todo el pueblo. Estas características se dan aún menos cuando el político elegido para este cargo no es elegido por su pueblo, sino por unos pocos o incluso sólo dos representantes de los partidos en el gobierno o de los dos partidos de mayor peso y se proceda a su elección formal por un órgano del estado (aquí la Asamblea Federal), que en realidad sólo hace el paripé de la aprobación de lo que ya habían decidido antes los goobernantes o los líderes de los dos partidos mayoritarios. Wulff es el mejor ejemplo de una democracia representativa llevada al absurdo y cuyo máximo órgano para el ejercicio de la soberanía sustraída al pueblo presenta como voluntad popular una decisión tomada entre la canciller federal y el ministro de asuntos exteriores, encima incluyendo en dicha asamblea federal a ciudadanos no elegidos democráticamente y nombrados ad hoc por los parlamentos de los estados federados (representados en la Asamblea Federal a través del Consejo Federal [Senado]) para que éstos actúen como electores, cuando éstos se usan y de los que se abusa como monigotes de una fingida cercanía popular muy alejada del pueblo.

Esta es precisamente la razón por la que la república está bajo mínimos como forma de estado, ya que la misma problemática se da en todas estas repúblicas represetativas en las que los representantes del pueblo se atribuyen tales facultades de represetación que les llevan a pensar que lo que ellos piensan que es mejor para el pueblo es lo que representa la voluntad popular. Esa lejanía de la clase política hace que muchos pueblos redescubran los valores de la Monarquía, y así son cada vez más los que se manifiestan por las calles de Rumanía, Serbia, Montenegro y otros países para pedir la restauranción de su Monarquía. Por mucho que ciertos sectores republicanos esgrimen que al Rey no se le puede elegir, al presidente de la república en cambio sí, la verdad es que en las repúblicas el pueblo no tiene nada que decir a la hora de elegir o cesar al presidente, mientras que el Rey, sustraído a toda lucha política y siendo el mejor representante de un pueblo y su pasado, presente y futuro, por asumir su cargo por herencia dinástica y por ser preparado para ello desde su nacimiento, es el mejor representante imaginable de un pueblo y la forma más real y natural de representar a todas las generaciones de un pueblo. La continuidad histórica de una dinastía, la rectitud de los integrantes de la Real Familia y la legitimidad del ejercicio nacida de la trayectoria histórica de la Monarquía de un país son garantía de estabilidad, unidad y máxima preparación para el más alto cargo de la nación, con todo el prestigio que ello implica para la proyección internacional del país.

Alemania, que en su configuración actual es sólo un país con fronteras interiores artificiales, dibujadas sobre el mapa por las fuerzas de ocupación tras la Segunda Guerra mundial, despreciando la configuración histórica de los estados alemanes y sus identidades nacionales, carece hoy de esas identidades, como carece también de las virtudes prusianas de un estado primero disuelto por los nacionalsocialistas y luego borrado del mapa por los vencedores de la guerra. Lo que ha ocurrido a la jefatura del estado en Alemania no es sino el reflejo de un pueblo en estado de disolución, en medio de un mundo globalizado sin identidades nacionales, sometido a una dictadura mundial en manos de oligarcas al servicio de un gobierno en la sombra. Alemania necesita repensarse, reorganizarse y dar un nuevo comienzo a algo que comenzó mal y a lo que se dio continuidad artificiosa cuando era el momento de empezar algo diferente sobre nuevas bases para afrontar el futuro con ilusión y con ideas nuevas.



22 febrero 2010

Mucho ruido y pocas nueces

La pitada a Sus Majestades los Reyes de España con motivo de su asistencia a la final de la Copa del Rey de baloncesto entre el Regal FC Barcelona y el Real Madrid, en el Bizkaia Arena de Barakaldo, constituye un hecho lamentable que en absoluto es representativo para el sentir general del pueblo español respecto de su Monarquía, a parte de ser una muestra de falta de respeto hacia la persona que da nombre a dicho trofeo deportivo.

En los últimos años asistimos a una creciente politización de los clubes deportivos en España que, como en el caso del FC Barcelona son utilizados por sus dirigentes para apoyar a corrientes ideológicas concretas, cuando el deporte y sus organizaciones son y deberían seguir siendo compoletamente ajenos a las ideas políticas.

Utilizar un acontecimiento deportivo para manifestaciones de grupos minoritarios contrarios a la forma de estado actual de España es una característica sobre todo de organizaciones radicales que de esta forma quieren dar la impresión de ser representativos y manipular así la opinión pública a favor de sus posiciones, igual que ocurrió recientemente con las consultas populares ilegales celebradas con escaso éxito en varios municipios catalanes y para que tuvieran más participación de la real permitieron votar a inmigrantes y menores de edad.

S.M. el Rey de España es también el Rey de los vascos, y como tal debería ser recibido y respetado en dicha Comunidad Autónoma. La politización del acto deportivo constituye un hecho al que, por otra parte, no se debería dar mayor importancia, pues se trata de grupos aislados que cuando tienen que recurrir a procedimientos democráticos legales no tienen nunca la repercusión que buscan obtener acaparando de esta forma la actualidad informativa. Pero muchos medios de comunicación parecen tener un interés exagerado en resaltar incidentes irrelevantes que no se distinguen en nada de otros incidentes del pasado protagonizados por grupos de ultras sin que puedan ser considerados como un sentir generalizado de toda la afición reunida en los estadios y mucho menos aún de todo un pueblo.

Tal vez no sea sino un síntoma de que las cosas están cambiando en el País Vasco y que la pitada a los Reyes sólo es un intento desesperado de los radicales de hacerse ver y oír sin que tengan realmente nada que hacer desde sus posiciones independentistas. Y por otra parte, es otra contribución más a deteriorar la de por sí ya deteriorada imagen de España en el exterior, porque de seguro el espectáculo ha sido retransmitido en más de un telediario extranjero.

12 febrero 2010

S.M. el Rey cumple por fin con su papel

El Rey ha emprendido en estos días una ronda de contactos con diversos representantes del mundo económico, financiero, empresarial y laboral con el objetivo de reiterarles su deseo de que se esfuercen por alcanzar consensos y acuerdos para superar dificultades y asegurar el mayor progreso y la prosperidad de España, ha informado la Casa Real.

Ayer fue la vicepresidenta segunda del Gobierno, Elena Salgado Méndez, quien fue recibida por Su Majestad el Rey, y hoy han sido los representantes de los dos principales sindicatos, la Unión General de Trabajadores, Cándido Méndez, y de Comisiones Obreras, Ignacio González Toxo, quienes acudieron a ser recibidos en audiencia por Su Majestad el Rey.

Ambas audiencias se producen en una semana llena de importantes noticias en torno a la superación de la crisis económica. Todas las Instituciones y distintas fuerzas políticas, económicas y sociales se afanan por hallar salidas a la crisis y lanzar un mensaje tranquilizador sobre la economía española ante los mercados internacionales.

Ante esta ronda de contactos ha quedado patente la incapacidad del gobierno presidido por Rodríguez Zapatero se encontrar soluciones prácticas a la crisis económica y el menguante papel de España en Europa y en el mundo. Como es habitual, las actividades de S.M. el Rey se califican como habituales en el marco de las funciones del Rey, entre las cuales se encuentra la de estar permanentemente informado de todos los asuntos relevantes que afectan al país. Pero es bastante llamativo que la reacción del gobierno es la misma que la que tuvo a finales del año pasado en el caso de la activista saharaui Haidar.

Así es que ha salido a la palestra Madame Plissé, María Teresa de la Vega, para insistir en que las reuniones que ha convocado Don Juan Carlos en La Zarzuela son de carácter "institucional y habitual"y se enmarcan en el cumplimiento de las funciones del Rey, con lo que la Vicevogue ha querido despejar la impresión de que ante los graves problemas económicos y las profundas diferencias que existen entre el Gobierno y el primer partido de la oposición, el Rey haya tomado la iniciativa asumiendo un papel de árbitro e incluso de facilitador de acuerdos. "Lograr un acuerdo, ha recalcado la vicepresidenta, es responsabilidad del Gobierno".

Y muchas cosas más, Señora Arrugas, muchas más, pero ninguna es ejercida realmente por el gobierno. Dijo también que "el Gobierno siempre se ha mostrado dispuesto al consenso y al diálogo" y ha cargado la culpa de la falta de acuerdo en el terreno económico exclusivamente sobre las espaldas del PP. "Hasta ahora", ha dicho, "no ha habido por su parte ni voluntad política ni responsabilidad".

Eso es el tono general de palabrería hueca del gobierno socialista. Una cosa es dialogar y consensuar, y otra muy distinta imponer un discurso y un consenso, porque lo que desde siempre ha pretendido el Gabinete Zapatero es que el consenso y el diálogo sean los que el gobierno quiera, no que el resultado sea  que todas las partes cedan para buscar una solución común y compartida a los problemas. 

Dada la gravedad de la situación, si tenemos en cuenta las duras críticas que ha recibido la presidencia europea de Zapatero por parte de Alemania y Francia y la reciente cumbre sobre la situación de Grecia, en la que se destacó también la grave situación de España y Portugal, parece evidente que el gobierno ha perdido las riendas.

Que S.M. el Rey haya decidido buscar un consenso entre los diferentes grupos políticos resulta acertado y convincente, aunque a la vez preocupante, porque demuestra que el ejecutivo no está en condiciones de encontrar soluciones para contrarrestar los efectos de la crisis económica.

Un indicio claro de esta situación de gravedad son las últimas valoraciones de la prensa británica, que incluso no ha dudado en calificar a Zapatero de inmaduro.

La amplia experiencia de S.M. el Rey acumulada especialmente durante la transición, es un gran valor al que no debemos renunciar. En una situación de impasse lo que hace falta es que el Rey se implique en la defensa de los intereses de España y del pueblo español.

Recientemente se había criticado la pasividad del Rey ante problemas como el Estatuto catalán, la libertad lingüística y su actitud en algunos asuntos de relaciones internacionales. Pero resulta alentador que S.M. el Rey haya pasado a tomar la iniciativa para saber de primera mano lo que piensan los diferentes grupos sociales y políticos del país e intentar buscar una solución de consenso en la que se impliquen todos para garantizar que España pueda salir cuanto antes de la crisis económica. 

Hemos aquí una actuación ejemplar del “poder moderador de la Corona”, un poder más moral que efectivo, pero que sirve para aunar esfuerzos y encauzar las iniciativas políticas, económicas y sociales en la buena dirección.



26 diciembre 2009

Análisis del Mensaje de Navidad de S.M. el Rey de España


Sabemos desde hace muchos años que los discursos de Su Majestad el Rey las suele escribir el mismo gobierno, un aspecto que es tan lamentable como contrario al principio de división de poderes, sobre todo teniendo en cuenta que la jefatura del estado no forma parte del poder ejecutivo, sino constituye de por sí un poder representativo y moderador.


Frecuentemente, los mensajes de Navidad del Rey son bastante poco expresivos. Lógicamente, el Rey se tiene que mantener al margen de la política, pero tampoco tiene por qué decir lo que quiere el gobierno que diga.  


En este sentido, aunque S.M. el Rey comenzó diciendo que España es "un país que no puede comprenderse sin esa rica diversidad consustancial al mismo ser de España", lo que enumera como sus "reflexiones de esta noche" basadas en "tres tareas fundamentales" deja entrever el plumero zapateril del discurso:


"En primer lugar, superar tensiones y divisiones, sobre la base de los principios y valores que alimentan lo mejor de nuestra convivencia e inspiran nuestra Constitución." Eso está muy bien. El Rey tiene el deber de defender la Constitución y el orden constitucional. Este aspecto, que los nacionalistas tildan de falta de realismo y que no representa, supuestamente, el sentir de la población, es fundamental. La Constitución no es mala, por mucho que se reclame por sectores minoritarios una reforma en profundidad. Lo que hace falta es desarrollarla plenamente y garantizar los derechos que dice tenemos todos los ciudadanos. Pero esa defensa de la Constitución se queda un tanto hueca, pues falta un llamamiento al sentido común y el sentido de la responsabilidad de los políticos a la hora de salvaguardar el orden constitucional, y está visto que precisamente los que parecen dictar este discurso son más que tibios a la hora de aplicar la Constitución.


"En segundo lugar, sumar voluntades en torno a los grandes temas de Estado, reforzando nuestra cohesión interna y nuestra proyección exterior." Pues muy bien, qué bonito suena. está claro que la cohesión interna sufre y la proyección exterior sufre aún más. El ejemplo más reciente ha sido el incidente con la opositora saharaui Haidar y el lamentable espectáculo ofrecido por el gobierno. No estaría mal que S.M. el Rey dijera algo más concreto sobre el tema y que exigiera al gobierno más seriedad. Por otra parte, el Rey mismo ha permitido ser utilizado en sendas visitas no oficiales de los dictadores Chávez y Morales, lo que no favorece precisamente la proyección exterior de nuestro Reino.


"Y, finalmente, redoblar esfuerzos para que España vuelva a crecer y a crear empleo. Cuanto antes, y de forma sostenible." ¡Cómo chirria esta frase, Majestad! Esto no podría haberlo dicho mejor nuestro patético presidente del gobierno, al que le gusta últimamente tanto la palabra "sostenible", que como todo su discurso no dice prácticamente nada. 


Sin entrar más en estos temas, el Rey pasó a hacer un resumen general de nuestra situación:


"Vivimos tiempos complejos y difíciles. El Siglo Veintiuno va a cumplir su primera década. El mundo es más global en sus posibilidades -gracias a las comunicaciones y a los avances tecnológicos-. Más global también en sus desafíos -que desbordan las fronteras nacionales-. Desafíos que van desde la lacra del terrorismo, la crisis económica o el cambio climático, hasta las pandemias o el narcotráfico. Todos ellos requieren de la acción conjunta de los Estados.


Es mucho lo que nos jugamos en los próximos años. El futuro impone decisiones estratégicas de gran calado, tanto a nivel interno como a escala europea e internacional. Decisiones en materia económica y financiera, energética, medioambiental, educativa o tecnológica. Todas ellas esenciales para no perder el tren del progreso, defender el futuro de nuestro Planeta, y asegurar el mejor porvenir a las nuevas generaciones."


Igual que suele hacer nuestro gobierno, estas frases externalizan los problemas internos de tipo económico, financiero, medioambiental y de seguridad. No se mencionan los problemas hechos en casa, que son enteramente responsabilidad del gobierno español y que difícilmente se pueden resolver con la cooperación internacional. Claro que existen cuestiones que inevitablemente tienen que contar con el consenso internacional, como es el medio ambiente, pero incluso el tema del cambio climático es tan anodino en su definición como todo lo que llaman ahora sostenible. 


No está mal pedir "decisiones que deben tener visión anticipatoria y estar a la altura de los retos planteados" y que "para afrontar estos retos, es preciso desplegar nuestras mayores capacidades, con una España sólida y cohesionada, en una Europa dinámica y solidaria", pero esperar del gobierno Zapatero que se anticipe a los acontecimientos cuando durante años negaba su evidencia a pesar de haber quedados certificados por expertos nacionales e internacionales con bastante antelación es pedir mucho. Resulta más que desalentador oír de boca del Rey la misma palabrería hueca que a Zapatero: sólido, cohesionado, dinámico, solidario. Claro que "los tiempos actuales nos reclaman tesón y fortaleza. Fortaleza como país que a todos nos proporciona libertad, estabilidad y progreso", sólo que la fuerza se le escapa a este gobierno entre las manos, pues para garantizar libertad, estabilidad y progreso se debe garantizar en primer lugar el orden constitucional de España y la fortaleza en su proyección exterior, pero ninguna de las dos cosas se da actualmente.


¿Cómo se quiere conseguir "fortaleza como ciudadanos más preparados y competentes, promoviendo la educación y la igualdad de oportunidades" cuando el sistema educativo decae cada vez más y el país pierde competitividad al no garantizar ni siquiera la movilidad de la mano de obra dentro del país, cada vez más limitada por las nuevas barreras lingüísticas que impiden que ciudadanos preparados trabajen en cualquier parte de España porque prevalece su conocimiento de las lenguas regionales sobre sus conocimientos técnicos y profesionales. Por lo tanto, no es del todo cierto que existe una "fortaleza en el plano económico y social, con un tejido productivo cada vez más innovador, competitivo y activo en el mundo, capaz de mantener y elevar nuestro bienestar social", éste es más bien la mentalidad de Alicia en el País de las Maravillas de Zapatero, ya que sólo muy pocas autonomías españolas están progresando en este campo, y no precisamente las gobernadas por el partido del presidente del gobierno.


Y hemos aquí otra perla que debe haber salido del mismísimo Palacio de la Moncloa: "Esa mayor fortaleza requiere el más amplio entendimiento y solidaridad entre todos los españoles, entre todas y cada una de nuestras Comunidades Autónomas. No nos podemos permitir que las legítimas diferencias ideológicas resten energías al logro de los consensos que piden nuestros ciudadanos." Suena al "arrimar el hombro" que tanto le gusta a Zapatero, cuando en realidad sólo quiere que todos apoyen sus ideas equivocadas de cómo gobernar el país. Zapatero parece olvidar que gestionar el país es responsabilidad de quien ha sido elegido para ello, no de los que se han quedado en la oposición.


Igualmente hueco queda decir que "en las últimas décadas hemos sido capaces de resolver grandes problemas, contando con el esfuerzo de todos, la voluntad de acuerdo y el liderazgo responsable de nuestros dirigentes políticos, económicos y sociales" y que "la experiencia nos demuestra que todos somos necesarios para culminar con éxito esa tarea", pero esto no es reflejar la realidad. Los problemas actuales de España en materia social, educativa y económica no se resuelven por la capacidad de iniciativa de los ciudadanos, sino dependen exclusivamente de la política que sigue en gobierno para incentivar que los ciudadanos se esfuercen. SIn una política económica y fiscal acertada nada se conseguirá, y todo apunta a que se ponen cada vez más trabas a la iniciativa privada tomando medidas que sólo conseguirán destruir empleo y ahuyentar inversiones.


Al "interés general" tienen que servir, ante todo, los gobernantes, los diputados, los ayuntamientos y sus concejales. Es evidente que para conseguir resultados aceptables "necesitamos actuar con inteligencia y generosidad, y aplicar la fuerza de la unidad, del diálogo y del compromiso, en el marco del respeto a nuestra Constitución", pero ¿acaso la clase política ha dado muestras de actuar con inteligencia y compromiso? ¿Qué hay de las redes de corrupción que se han descubierto a lo largo de este año? ¿Se puede decir que la actuación en Cataluña frente a las consultas populares ilegales, el caso Haidar, el creciente desempleo ha sido inteligente? ¿qué quiere decir eso de la generosidad? ¿Quién tiene que ser generoso con quién Majestad?


En el papel, "la Constitución garantiza un amplio abanico de derechos y libertades, fundamenta una avanzada articulación de nuestra rica diversidad territorial y nos dota de instituciones que son claves para la estabilidad y convivencia democráticas, y el buen funcionamiento del conjunto de España". Pero las instituciones en realidad no son independientes para garantizar "el mejor y más justo ejercicio de sus responsabilidades", y decir que "todos debemos preservar esa independencia en aras de la confianza que los ciudadanos tienen depositada en ellas" es tanto como no querer ver la realidad y llamarla por su nombre. Para empezar, la misma presidente del Tribunal Constitucional no es independiente, como tampoco lo es el juez Garzón, y tampoco lo es Su Majestad el Rey, que debería ser capaz de escribir sus discursos él mismo o al menos personas muy independientes del poder ejecutivo controlado por Zapatero. Sería deseable que el Rey llamara la atención sobre los bajos índices de confianza de los ciudadanos en las instituciones y su desinterés por la política que consideran bastante deplorable por todo lo que ocurre.


También la valoración del Rey de la crisis económica podría haber sido más aleccionadora en lugar de repetir lo que nos cuentan todos los días y que en realidad no aporta nada al debate. Decir que "se han tomado medidas a escala internacional, europea y nacional para detener la crisis y paliar sus efectos" y que "son muchos los esfuerzos y sacrificios desplegados a todos los niveles" para terminar con decir que "queda mucho por hacer, es preciso seguir adelante" es como quedarse en el limbo. La crisis no se resuelve con afirmar que ésta nos "exige trabajar juntos en la misma dirección", sino exigiendo al gobierno que se ponga las pilas. Esto suena como si dependiera de los ciudadanos de a pie que podamos salir del agujero en el que nos han metido los que han gobernado en España durante los últimos seis años. Sabemos muy bien que es "necesario seguir adoptando medidas, lograr acuerdos entre nuestras fuerzas políticas, económicas y sociales, que permitan, por un lado, asegurar la mayor solidaridad y, por otro, acometer las reformas precisas, a fin de lograr una pronta recuperación en un clima de seguridad y confianza", pero ¿qué es lo que se está haciendo y por qué no se ha logrado hacer lo que en otros países europeos sí parece estar dando frutos?


No ha faltado la defensa de la política social y antiterrorista del gobierno y sus logros, así como de los compromisos militares en el exterior. No veo lo que dice apreciar el Rey al decir que "nuestra seguridad, nuestro progreso y bienestar, dependen cada vez más de una eficaz protección y promoción de nuestros intereses en el mundo. Lo palpamos a diario. Por ello, importa consensuar y coordinar al máximo el papel internacional de España." El papel de España en el exterior es más que dudoso, no sabemos nada de la misión real en Afganistán o en el Líbano. ¿Qué tiene que ver Afganistán con nuestra libertad y nuestro progreso? Es un hecho que desde que comenzó la ocupación del país de Oriente Medio por la OTAN, han aumentado el poder de los talibanes y el uso obligatorio del burka, así como la producción de opio. En el Líbano la capacidad de controlar los movimientos fronterizos sin control entre Líbano y Siria no existe, como se ha podido ver en más de un reportaje en televisión. Las tropas allí estacionadas sólo cuestan inmensas sumas de dinero, y España no pinta nada en esta zona ni puede hacer nada.


Tras mencionar la importancia de la presidencia española de la Unión Europea, que sin duda pasará sin que sirva para impulsar una mayor unión, sino más bien todo lo contrario si tenemos en cuenta la afición del ejecutivo de Zapatero a los dictadores iberoamericanos, el Rey terminó con una tibia llamada al "sentido de Estado, tanto a la hora de gobernar, como de ejercer la oposición" y la reiteración de la palabrería hueca relativa al esfuerzo común de todos.


Sin duda, "la Corona tiene como norte el servicio a España y a todos los españoles", pero no veo con claridad el "compromiso diario con todos" por parte del Rey y del Príncipe de Asturias. Sería deseable un mensaje con más fuerza y determinación que se pueda considerar un ejemplo de la independencia de la Casa de Su Majestad el Rey del ejecutivo de turno. Es, precisamente, uno de los grandes valores de la Monarquía que la Corona sea también ese paraguas protector cuando sea menester darles un tirón de orejas a los que no quieren o no saben defender el interés general de la nación y de los ciudadanos. Es evidente que las instituciones máximas del estado no hacen lo que deben hacer y que el resultado de su gestión no es para nada aceptable. Un discurso del Rey sería mucho más útil e incentivaría más a todos si fuese más explícito con los acontecimientos actuales y la poca eficacia de los gobernantes. Desearía que Su Majestad el Rey diera ejemplo ejerciendo la jefatura del estado con más independencia y determinación. Sin duda el alto ejemplo de nuestro augusto Rey aportaría mucho más a la nación que mil discursos dictados por la Moncloa. Los ciudadanos queremos un Rey ejemplar, no una marioneta del poder ejecutivo.


¡Feliz Navidad, Majestad! 
¡Que el año de 2010 sea también un año estelar de la Monarquía!

21 septiembre 2008

Payne considera que es una locura defender la República en España

El prestigioso hispanista norteamericano Stanley Payne calificó de «trance muy complicado» y de «inédito» el momento que atraviesa España y advirtió sobre los desastres que puede traernos el «nuevo movimiento republicano».

El historiador recordó que la experiencia republicana en España «ha sido desatrosa, pues la Primera colapsó el país y la Segunda lo dividió en una Guerra Civil». «Si con esta experiencia alguien cree que la República puede ser en este momento una solución para España, merece estar apartado en un manicomio», afirmó, intentando suavizar con sentido del humor su seria advertencia.

Payne hizo estas afirmaciones a un grupo de periodistas españoles después de pronunciar una conferencia en la Cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad de Georgetown sobre «La España del siglo XXI: logros y retos», en la que hizo un repaso a la historia reciente de nuestro país tras la muerte de Franco y a la que asistió Don Felipe, que se encontraba de visita oficial en Washington.


No sólo la izquierda radical


El hispanista excluyó de esta tendencia republicana al «hombre de la calle, que no está politizado», y apuntó a «la extrema izquierda, a algún sector del Partido Socialista y a los ex comunistas, la llamada «izquierda hundida»», una minoría que, según explicó, no valora lo que significó la Transición de España a la democracia.

En su opinión, «el nuevo movimiento republicano hasta ahora no ha creado grandes dificultades, pero no sabemos qué va a ocurrir en el porvenir, porque pasar de la actual Constitución y de la actual estructura del Estado, instaurar la República o hacer una Segunda Transición será desastroso para España».

No obstante, Payne matizó que aunque un cambio drástico de sistema sería catastrófico, «otra cosa es reformar la Constitución, porque toda Constitución es reformable y, a veces, incluso deseable».

También se refirió en sus declaraciones al problema del nacionalismo radical, motivado por «la ausencia en la Constitución actual de un techo» que limite la transferencia de competencias a las Comunidades. En este sentido, añadió que conseguir que la estructura del Estado sea «estable» corresponde al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, algo que, en su opinión, «ha funcionado en el caso catalán, pero es mucho más difícil en el caso vasco», ya que implicaría una reforma de la Constitución no modesta, ni marginal y «éste es uno de los peligros» que amenazan a España.

Preguntado sobre la incapacidad que demuestran los dos grandes partidos, PP y PSOE, de ponerse de acuerdo sobre temas fundamentales, como la reforma de la Constitución, las autonomías y el terrorismo, Payne quiso ser prudente: «Hay que ver qué propuesta y en qué términos hace el Gobierno y cómo responde el PP. Pero será complicado, sobre todo en el caso vasco, porque hay exigencias enormes que son muy difíciles de satisfacer dentro de los moldes democráticos».

Además, aludió al «Gobierno interno del País Vasco» y afirmó que en esta Comunidad «no se respetan los derechos constitucionales, democráticos y civiles como se respetan en el resto de España. Hay un problema de abandono de los ciudadanos del País Vasco. El gobierno de nacionalismo radical, en varios aspectos, restringe los derechos. Este cinismo es un gran problema».

Payne, profesor emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, es autor de numerosos libros sobre España. El último publicado es «El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-36)».

15 mayo 2008

Defensa de la institución monárquica

La constitución de la Monarquía Española de 1978, establece como forma de Estado la Monarquía Parlamentaria, la cual, ha servido a España con lealtad, con afán de superación y con respeto a la ciudadanía española.

Para hablar de Monarquía no hay que hacerlo de una manera global, pues en cada nación ha cumplido un papel muy diferente, y en aquellos países que tienen la suerte de contar con un sistema de Monarquía parlamentaria, cumplen una misión que dista mucho según el tipo de sociedad y cultura en donde este arraigada. Por ello, nos debemos centrar en el país de cada uno, y en nuestro caso de la Bella y Vieja piel de toro, el Reino de España.


España siempre ha sido una monarquía

Desde nuestros ancestros, la única forma de gobierno que ha conocido España ha sido la Monarquía, a excepción de los 11 meses que duró la primera república y los terribles, sangrientos y negros 5 de la segunda, que se advino tras un golpe de Estado y que acabó con una guerra civil. Desde los primeros Reinos Visigodos, pasando por los Cristianos, los Árabes y posteriormente la Unificada España bajo la Corona de los Católicos, la tradición ha marcado la marcha de España por la senda de la Monarquía. En 1978, los españoles elegimos la Monarquía Parlamentaria y Constitucional como la forma del Estado, volviendo a nuestras raíces más ancestrales.

La Monarquía Española es España, como España es la Monarquía Española, una no puede vivir sin la otra, porque las dos se complementan. No podríamos entender la historia de nuestra patria, sin la de nuestra Monarquía

La Monarquía en nuestro país es una institución arraigada en la historia, pero que por desgracia la sociedad no termina de conocer en profundidad. Y la culpa principal de ese desconocimiento es de todos, incluso de la propia institución que en muchos casos ha dejado de lado protocolos y costumbres, y que no se ha sumergido de manera especial en la sociedad, por miedo a que se les tachara de ostentosos. Países tan dispares como pueden ser Gran Bretaña, Dinamarca, Holanda, etc., celebran con verdadera emoción y orgullo de pueblo el cumpleaños de sus soberanos, les organizan fiestas y paradas militares, y la población puede acercarse a sus monarcas para acompañarles en día tan señalado. La monarquía esta presente en acontecimientos que conmemoran fechas importantes para su Corona, son alegremente festejadas por todos los ciudadanos. De esto último, no solo la institución adolece sino el país entero. Pasan sin pena ni gloria fechas tan importantes para nosotros como victorias en batallas, conmemoraciones de nacimientos o fallecimientos de Reyes que hicieron historia en la patria, celebraciones de momentos diversos que pusieron el nombre de España en boca del mundo entero.

Hay que normalizar de tal manera la Monarquía, que ésta se llegue a fundir con la propia sociedad y ya nadie se tenga que preguntar nunca por las funciones que desempeña nuestro Rey. Pero una cosa nos debe quedar clara, ya que esta fusión nunca puede llegar al extremo de confundir la institución con la sociedad, pues la Corona y sus miembros nunca podrán ser personas normales. La Familia Real dedica cuerpo y alma al servicio de España, todos sus esfuerzos van encaminados hacia la consecución de este objetivo, por lo que sus vidas están entregadas por y para el Reino. Por ello no son personas normales, ya que sus obligaciones para con la Patria les impiden serlo. Son los miembros de la Familia Real, y eso nos debe quedar claro

¿Monarquía o República?
Podría decirse que el Rey es más democrático que el Presidente del Gobierno, debido a que representa a todos los españoles. Un presidente elegido en las urnas, representa a una fracción política, y por lo tanto, está en discordancia con muchos de sus compatriotas, por lo que su intento de representar "al pueblo" es menos convincente. La continuidad de un Jefe de Estado da la estabilidad necesaria en nuestro país. El Rey y sus herederos han sido preparados desde su nacimiento para este papel.

La monarquía como forma de estado ofrece a sus ciudadanos un espacio abierto de democracia, libertad, seguridad, igualdad, solidaridad y estabilidad. La Monarquía Parlamentaria en España, además de todo lo anteriormente reseñado, también significa unión, algo tan macizo pero a la vez tan delicado. La unidad y solidaridad de las tierras que conforman el Reino, tiene uno de sus sustentos más importantes en su nexo de unión, que es la corona, la cual nos representa a todos por igual.

Los Estados democráticos deben dotarse de instrumentos válidos y eficaces que, fuera de todo juego político, defiendan a los ciudadanos y les ofrezcan un marco perfecto para su desarrollo personal y social dentro de la comunidad en la que viven. La Monarquía, ofrece sin duda alguna, un espacio ideal para la consecución de estos objetivos marcados por las democracias, pues es la vigía imperecedera, imperturbable e incansable de los derechos y libertades de los ciudadanos. Podríamos decir, salvando las distancias por supuesto, que la Monarquía ha vuelto a sus orígenes primitivos de ser protectora de los débiles.

La Monarquía no tiene nada que envidiarle a una república, ya que tanto una como otra son legítimas y democráticas, aunque las Monarquías lleven consigo unos beneficios que repercuten directamente en las sociedades en las que están presentes y que otro sistema político no puede generar.

El Rey, como Jefe del Estado, es cabeza visible de nuestra patria, y el prestigio internacional es uno de los beneficios que nos aporta su presencia, ya que allí donde van nuestros Monarcas y Príncipes Herederos, la imagen de País suma enteros sin lugar a dudas, igualmente que suelen dejar abiertas puertas impagables para que los empresarios españoles puedan asentar sus negocios en los distintos países del mundo. Y ese prestigio acompaña al español, pues España es su Rey, y el ejemplo que da por el mundo entero, es el espejo en el que debemos mirarnos todos.

Por otro lado, el apoyo institucional que aporta a los distintos eventos tanto deportivos como culturales, hace de estos más relevantes a la opinión pública, y que se alcancen e incluso superen los propuestos en un principio.

La Monarquía representa a todos por igual, y busca el bienestar de todos sus ciudadanos, sin distinción de clases, nacimientos, región de procedencia, etc. Eso en una república, y más con nuestros políticos sería impensable, ya que carecemos de una clase política a la altura de las circunstancias. Igualmente, en cualquier otra Nación no tendría la misma representatividad un político que un Rey, o un miembro de la Familia Real.

En los viajes al extranjero, es donde más se puede apreciar la enorme labor que realiza la Corona, ya que no cualquier institución es capaz de reunir en su entorno la lealtad, el servicio, el trabajo diario, la seriedad, la elegancia, la clase, la energía y la falta de ataduras políticas. En estos viajes se puede llevar a cabo cualquier acto del tipo que sea, sin que se tengan que tener en cuentan tendencias políticas, ni absurdos comportamientos que los políticos suelen escupir de vez en cuando y que pueden llevar a la enemistad entre dirigentes, lo que perjudica seriamente a las relaciones económicas y culturales.

La monarquía es árbitro de la vida social y política española, es el moderador fundamental que debe consensuar las diferentes opciones políticas del país, poniendo por norte a España y su beneficio. Vela porque los intereses generales de la Patria estén protegidos por aquellos a los que les damos nuestra confianza en las urnas.

El Rey, es el Jefe de las Fuerzas Armadas, y dentro de su limitado poder de actuación ejecutiva, si que esta su marcado carácter de Jefe de los Militares. Esto, ha sido fundamental en momentos determinados de nuestra historia, y ha sabido redirigir a un cuerpo que ostentó un gran poder en nuestra Patria, y que han asumido con honor y e impecable servicio el mandato constitucional que los españoles les dimos en 1978.

Nuestra Constitución, la de todos, es el marco de referencia de todos los españoles, es la norma básica que regula el buen funcionamiento del Estado, y SM el Rey es quien vela y debe defender, que una constitución que nos costo tanto conseguir y que tuvo un consenso unitario de todos los partidos políticos y la sociedad española, siga vigente y con buena salud.

Monarquía y regionalismo
El Rey simboliza el todo, es decir, el gobierno de todos los territorios que conforma la nación española, sin partidismos, sin exclusiones. Se trata de un no-partidismo, por lo que resulta esencial para el sistema autonómico que nos dimos en el 78. El Rey lo es de todos los españoles a un tiempo, sin importar de donde vengan, donde hayan nacido, que tradiciones tengan. Porque España es Una, el Rey es Uno. Pero los gobiernos son muchos y de diferentes signos políticos, y todos ellos, por la naturaleza del político español, miran más por si mismos que por el Interés General de todos los españoles.

Porque todos somos españoles, de la Única y unida Nación secular, y por ello se hace imprescindible una Institución como la corona que a todos represente por igual, que para todos vele por sus derechos y deberes, y que a todos de su justa oportunidad.

España esta conformada por un sinfin de pueblos y gentes diversos, y es en la Corona donde encuentran el nexo de unión primordial de todas las regiones de España. Porque la Corona nos representa a todos, porque la Corona es la idea de la España secular, la Nación milenaria que partiendo de los diferentes pueblos que un día se dieron un mismo Rey, han ido conformando a lo largo de la historia una Patria de Grandes Hombres y Acontecimientos.

Andaluces, Vascos, Catalanes, Castellanos, Gallegos, Valencianos, Asturianos, Aragoneses, Extremeños, Murcianos, Navarros, Riojanos, Cantabros, Canarios, Balearenses, Melillenses y Ceutís. Todos somos parte de algo superior, que es España, la Nación que se ha forjado con las plumas de tantos escritores, con las espadas de tantos conquistadores, con los pinceles de tantos artistas, y sobre todo con el sudor, el trabajo y el sacrificio de tantos y tantos hombres y mujeres que han luchado por la libertad de España, por su engrandecimientos, por su integridad. La Monarquía los representa a todos, porque la Monarquía si puede decir que es de todos, mientras que una república en casa instante de su recorrido solo representará a una parte, y no al todo.

Una Monarquía para el vigésimo y el vigésimo primer siglo
Las más estables y prósperas democracias del mundo hoy en día son monarquías constitucionales, mientras que la mayoría de países inestables son repúblicas, muchos de los cuales han derrocado sus monarquías. En el curso de la historia del mundo, las repúblicas han nacido en un ambiente de violencia, mientras que los Reyes llegan a su trono en una atmósfera en la que traen la paz, la libertad y la democracia. Hay un sentido de comunicación entre la monarquía y el pueblo, un clima que los políticos no pueden alcanzar. Los españoles participan plenamente en los acontecimientos reales, en las visitas de los Reyes a las diferentes regiones, siguen con interés todo aquello que acontece a la Familia Real.

Los Reyes y toda la Familia Real están cercanos al pueblo, recorren regiones y pueblos llevando la cercanía del poder, acercando la solidaridad de todos los españoles a esos lugares que sufren. Es una institución de vida del siglo XX, que cambian constantemente y se adaptan a nuestro mundo moderno.

El coste de la Monarquía
El coste real de la Monarquía rondaba en el año 2006 en 0,21 céntimos de euro por español. Partiendo de hoy, con una esperanza de vida de 100 años, suponiendo que el coste de la institución suba cada año un 3%, y que el aumento demográfico en España nos lleve a que dentro de 100 años seamos cerca de 60.000.000 de españoles, la institución costaría a lo largo de toda una vida de 100 años, 101,19 €.

En una república, el coste real se multiplica por cientos. A los costes de las elecciones presidenciales, se suman los gastos de la Presidencia, asesores, personal, etc. Incluido el sueldo vitalicio para los Ex-presidentes, escoltas, seguridad en general, residencias, etc.

Una colaboración de Isra, del Blog Comunidad La Monarquía

14 mayo 2008

Argumentos a favor de la Monarquía

Argumentos en inglés, elaborados por la Liga Monárquica de Canadá, que ilustran muy bien los altos valores y las virtudes de la institución monárquica frente al republicanismo.
Para contrarrestar los repentinos ataques a la Corona española por el desliz verbal de S.M. el Rey, invito a todos a reflexionar un poco sobre la justificación de querer abolir de repente una forma de estado que da mil vueltas a la república. Los argumentos son válidos para cualquier Monarquía europea o de origen europeo. >> Argumentos en español:  Defensa de la institución monárquica

Arguments in Support of Canada's Constitutional Monarchy


FORCE FOR NATIONAL IDENTITY: THE KINDER, GENTLER NATION
“It is my privilege to serve you as Queen of Canada to the best of my ability, to play my part in the Canadian identity, to uphold Canadian traditions and heritage, to recognize Canadian excellence and achievement and to seek to give a sense of continuity in these exciting, ever-changing times in which we are fortunate enough to live."
Her Majesty The Queen, Vancouver, October 7, 2002, during cross-country Golden Jubilee Homecoming

A central reality of Canadian life is the inevitably overwhelming influence of our friendly neighbour, the United States of America. Free Trade. Continental defence and secure borders in a post- 9/11 environment. A porous frontier ranging from television and the Internet to pop music and culture. These and other factors often tend to overwhelm Canada’s national identity. Every nation needs to understand and foster the existence of distinct images and institutions; thus for Canada, the Constitutional Monarchy is of particular import. It makes Canada unique in the Hemisphere. Its focus of loyalty and allegiance to a respected monarch rather than to a politician, an ideology or a symbol underlies the notably tolerant, mature society of which Canadians feel proud.

UNIFYING, NOT DIVISIVE: HEAD OF STATE vs HEAD OF GOVERNMENT
" [The Queen} symbolizes for many the merits of a constitutional monarchy in which the head of state...is separate and apart from the ongoing political struggles of the day."
Bill Blaikie, MP, (NDP) speaking in The House of Commons, Jubilee Accession Day, February 6, 2002

In a democracy, day–to-day decisions are made by those whom we have elected. Not surprisingly, this partisan political process reflects the things that divide Canadians. It encourages striving for partisan goals and personal success. This is inevitable.

However, Canada’s Constitution separates politics from service, and transient popularity from institutional stability. So the Prime Minister is our head of government and leader of a political party. As such, his actions are often controversial.

The Sovereign, however, is a force of unity who embodies all Canada and all Canadians as Head of State. The Monarchy protects and exemplifies the things Canadians agree about, and do not wish to see changed regardless of an election: community, tolerance, nationhood, the rule of law. And by presiding at events such as the Montreal Olympics and Canada 125, The Queen emphasizes the non-partisan, unifying nature of great national events.

PARLIAMENTARY MONARCHY: GUARANTOR OF FREEDOM
"Our ceremony today brings together Sovereign, Parliament and people - the three parts of Constitutional Monarchy. That is a system in which those who represent the community come together and remain together, rather than dwelling on differences which might further divide them."
Her Majesty The Queen, Ottawa, 1990

Parliament and the Provincial Legislatures are composed of The Queen and the members elected to serve - along with the Senate in the case of the federal government. However, none of the bills they pass , no formal government regulations (“orders-in-council”) and no spending is authorized without the agreement of The Queen or one of her representatives.

In a similar way, Parliament is summoned and dissolved in The Queen’s name. In her name also public officials and our representatives abroad are appointed, treaties concluded, and cabinets named and dismissed. Normally, this is a formality. Canadians entrust the nuts and bolts of governing to those whom we have elected, as is appropriate in a democracy.

However, the Crown’s role (“the Royal Prerogative”) remains part of our Constitution to ensure that ‘the rules of the game’ are always followed, and to provide a non-partisan, non-violent safeguard - “a constitutional fire extinguisher” as columnist Michael Valpy has put it - should normal democratic processes ever be threatened or break down. For example, even a popular government cannot simply dispense with holding an election. Nor can a government spend public money without parliamentary approval.

NEUTRAL REFEREE OF FEDERALISM: THE UNITY OF ELEVEN “CROWNS”
"Provinces agree that the system of democratic parliamentary government requires an ultimate authority to ensure its responsible nature and to safeguard against abuses of power. That ultimate power must not be an instrument of the federal Cabinet."
Statement by the 10 Provincial Premiers at 19th Annual Conference, Regina, Aug 9-10, 1978

Canada is a federal state. In brief, this means that our Constitution gives law-making power in certain areas to the national government (such as the Criminal Code and banking). Other powers (such as education and municipal affairs) it assigns to each province. Each level of government exercises this authority on behalf of its citizens in the name of The Queen. So in this way it is possible to see the existence of “11 Crowns” in Canada - the national Crown and the 10 provincial Crowns - each usually referred to in legal terms as “the Crown in right of Canada” or “in right of Manitoba.”

The Premiers, including the separatist Rene Levesque, underlined the importance of the Crown in their 1978 statement, above, since the Monarchy gives each law-making authority its authority, making them of equal legal significance. It also guarantees that the rule of law will be followed in dealing with any of the many disputes that arise between Ottawa and the provinces.

These facts explain the strong support by the provinces for the institution of Monarchy, which reconciles regional authority with national unity.

PERSONAL ALLEGIANCE: PROCESS, NOT PARTISANSHIP
"Her Majesty remains at the head of the State, the living symbol of the roots and continuity of the values we hold in common and those that are our permanent ideals...She is the one entrusted with the conscience of the nation..."
Fr Jacques Monet, SJ, author, historian and former Cultural Advisor at Rideau Hall, writing in Canadian Monarchist News, Autumn 2002

Oaths taken by our new fellow Canadians, by members of Parliament and the Provincial Legislatures, by judges, by members of the Canadian Forces and by many other public officials are all oaths to The Queen.

By making this promise to the Sovereign rather than a politician, those who serve and live in the land show their ultimate loyalty is not to the elected figures who lead us day-to-day, but to all Canadians and to the laws which make up the fabric of any civilized society. In this way process - following the rule of law - triumphs over partisanship - acting to promote the well-being of a narrow segment of society.

INDIVIDUAL ALLEGIANCE: THE EQUALITY OF EVERY CANADIAN
"...our ability to love inclines most naturally to persons, and in the person of The Queen we can invest all those many fractured loves that make up patriotic love: love of country, love of nation, love of culture, love of land, all combined and channeled through one person, one family..."
Southam Press columnist Andrew Coyne, April 10, 2002

The deepest loyalties of men and women are to their fellow human beings. Government carried on in the name of The Queen reflects Canada’s emphasis on the importance of the person, and of the dignity and equality of each individual who is either born here or who becomes part of our national family. In the same way, the moment new citizens take the Oath of Citizenship they become full and equal members of the Canadian family. Each of us gives Allegiance to The Queen, so reciprocating her decades of service to us.

WORLD FIGURE: REPRESENTED BY HER CANADIAN TEAM OF GOVERNORS
"We're able to have the best of both worlds. We have the stability and the tradition of the monarchical system, but we also have a Canadian representative in the Governor General, who represents Canada as it is, as a Canadian, and does an incredible job representing the Monarch, but also all Canadians."
Hon. David Collenette, Minister of Transport, May 18, 2001

Canadians are fortunate to have as our Monarch an instantly-recognizable world figure. The Queen and members of the Royal Family make frequent homecomings to Canada. In their absence, the Governor General (for the national government) and the Lieutenant Governors (one for each provincial government) represent The Queen and perform the constitutional functions of the Sovereign in her name. This arrangements allows our country to share in the prestige of an ancient monarchy stemming out of Canada’s history, while at the same time we enjoy the services of distinguished fellow citizens who serve Crown and country with great distinction.

REFLECTION OF HISTORY: ABORIGINAL, COLONIAL, NATIONAL
"Every country is different, and we grew up in this one with the Royal Family as part of our heritage."
Hockey great Wayne Gretzky, GM Place, Vancouver, October 7, 2002

Today’s Monarchy stems from our history. Many of Canada’s First Nations chose tribal chieftains whose role was much like that of the local kings and queens of ancient Europe, Africa, South America and Asia. European explorers and subsequent settlement by our French and British founding peoples brought to Canada their own experience of monarchy, symbolized by the Fleur de Lys and the Royal Union Flag. Many subsequent immigrants - be they from Russia or Japan, from Italy to Thailand - also knew the monarchical system of government.

In 1867, the Fathers of Confederation unanimously chose constitutional monarchy as Canada’s form of government. In 1982, Canada’s new Constitution reaffirmed and entrenched the Crown so that only unanimous federal-provincial agreement could ever alter it. In 2002, throngs hailed The Queen as she crossed Canada from Iqaluit to Fredericton, from Victoria to Toronto, in celebration of the 50th year of her service to this nation.

LINK TO TODAY’S CANADA: COMMONWEALTH MIRRORS OUR DIVERSITY
"I want the Crown to be seen as a symbol of national sovereignty belonging to all. It is not only a link between Commonwealth nations, but between Canadian citizens of every national origin and ancestry... I want the Crown in Canada to represent everything that is best and most admired in the Canadian ideal. I will continue to make it so during my lifetime. I hope you will all continue to give me your help in this task."
Her Majesty The Queen, Toronto, June, 1973

Not only Queen of Canada, Elizabeth II is also Head of The Commonwealth of Nations. This is a 51-state international body is unique as it is based not on a military alliance nor a trade bloc but on a free association amongst countries of the former British Empire, who now cooperate in a variety of educational, development and social justice initiatives throughout the world. The diversity of these nations’ populations - from New Guinea to Belize, from New Zealand to India - mirrors the rich strains of population which typify Canada today.

EVOLUTIONARY SOCIETY: CANADA PROSPERS UNDER THE CROWN
"Fifty years after her accession to the Throne, Elizabeth II remains a symbol of continuity, stability and tradition in a world that is under a barrage of constant change...a Sovereign, faithful and loyal to our people...The Queen and the heritage she gives to us is not just part of our past, but part of our common future...When you're a mature country, you don't need to break your ties with the past."
Hon Sheila Copps, Minister of Canadian Heritage, launching Federal Golden Jubilee Initiatives and speaking to National Post, Ottawa, February 19-20, 2002

Canadians have lived for over 135 years in a tranquil, prosperous society. Unlike most countries, change has been incremental, and not achieved by violence. Much of the credit for this achievement is due to the men and women who have worked together to create a modern, progressive nation, respected around the world.

However, no country can achieve greatness without stable governance. Constitutional monarchy - the Canadian way - continues to provide that stability. This is confirmed each year in the United Nations’ Social Development Index, which regularly ranks Canada in the top 5 countries in the world.

STABILITY IN A CHANGING WORLD
"I have a considerable regard for The Queen and the monarchy although I'm a New Democrat and a socialist. I think that the monarchy has validity at a time when everything else is flying off in all directions... I admire her stubborn refusal to break down and take the easy way, to conform with the constantly changing public image of how our leaders should act."
Author Farley Mowat, September, 2002

Change is inevitable, and much if it good: cell phones, jet travel, computers. But in this dizzying march to progress, constant change leaves many uncertain or confused. In the same way, political leaders come and go - Kim Campbell and John Turner served as Prime Minister for but a few months. Canadians voted in 18 federal elections during The Queen’s reign ! It is a good thing that the Crown provides constancy amidst so much change. The Sovereign has the experience of decades, without the taint of a personal agenda. Such continuity constitutes an important anchor in our society.

COMMUNITY, VOLUNTEERISM, HONOURS
“In a world often focused on self-indulgence, on "my" desires and "my" priorities and "my" agenda, The Queen's focus on the "we" and the "us" and on tolerance and getting along with each other, and on the needs and interests of others, has served as antidote, example and inspiration."
HRH Prince Michael of Kent, addressing Golden Jubilee Banquet of the Monarchist League of Canada, Toronto, March 15, 2002

In their constant round of travels, The Queen, members of the Royal Family and her Canadian representatives bring enormous encouragement to the communities and volunteer sectors which constitute so vital a part of our national existence. They inspire many to volunteer service. They create and award non-political honours to our outstanding fellow citizens.

These Royal and vice-regal activities do not often feature on national news programmes. Opening a new library, visiting a Legion Hall, speaking to a school civics class or lunching with a local service club are not on the media’s radar. But they constitute the basis of any civil society, and bring enormous pride and assistance to Canada’s communities.

REPUBLICANISM: DIVERSION, BLOW TO NATIONHOOD & VICTORY FOR THE POLITICAL ELITE
“But for all those who don't want the Queen there are easily as many who don't want a President and even more who certainly would not want one if they knew who it would be. As you can readily see, I have given more thought to this subject than most and I have reached my own conclusion. God save the Queen."
Dalton Camp, political columnist, August 23, 1994

No one has yet proposed an alternative system of government for Canada which would in the same way reflect our nation’s history and be superior to the constitutional monarchy in terms of the day-to-day functioning of the Canadian state.

Canadians remember the wrenching constitutional debates which consumed enormous political energy from the mid-1960's through the early 1990's. Chiefly of interest to politicians, these arguments did nothing to effect solutions to the real concerns of our citizens such as crowded classrooms and emergency rooms, access to health care, personal and national security in an era of terrorism and crime, support for single-parent and low-income families.

A presidential system would make Canada more closely resemble the USA. It could combine the role of head of state with head of government. As our American friends discovered during impeachment processes in the Nixon and Clinton administrations, this proves an unhappy combination. Alternatively, election of a president or governor-general would create simply another politician, offer another level of personal ambition, necessitate another set of elections and make the holder of that office beholden to the interests of the different factions and groups to which his election was owed.