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04 junio 2014

¿Referéndum para qué, para quién?


Tras el anuncio de abdicación de Su Majestad el Rey, los republicanos de la extrema izquierda española no han perdido ni un minuto para calentar sus maquinarias y movilizar sus redes para armar mucho ruido en la calle, ya que en las urnas la extrema izquierda se queda en lo que es: una minoría insignificante. Los que arman mucho ruido, pocos argumentos tienen.

El gran argumento de los republicanos tipo segunda república es que para ellos la Monarquía no es democrática porque el Rey no lo elige el pueblo, y por eso quieren una república, una de las guillotinas, una que no respeta ni las opiniones ajenas y corta la cabeza a todos los que se oponen a ella.

Lo que nunca dicen claramente es que el tipo de república soñada es la de Fidel Castro o de Hugo Chávez, una república comunista opresora que lleva a la ruina a la economía nacional, al desabastecimiento con mercancías con las tiendas vacías y con cartillas de racionamiento, para acabar todos -menos los funcionarios del único partido gobernante- en la miseria más absoluta.

Nadie de los que gritan a favor de la república parece caer en la cuenta de que en España las cosas no cambiarían a mejor, sino todo lo contrario. Nadie repara en que existen muchas repúblicas en Europa, donde los problemas son más o menos los mismos, causados por la gestión deficiente de sus políticos gobernantes. 

Nadie repara en el hecho de que durante los últimos 67 años en ningún estado europeo se ha celebrado ningún referéndum sobre la forma de estado -salvo en España, donde la Monarquía Parlamentaria fue ratificada por el 80% del pueblo al votar favorablemente a la Constitución de 1978-, y los únicos que hubo se celebraron en Italia en 1947, que fue manipulado y falseado por los estadounidenses, tan poco dados a apoyar las opciones monárquicas y sin dejar tiempo al entonces Rey Umberto II para demostrar que podía reinar mejor que su padre, que no tuvo otra alternativa que coexistir con la dictadura de Mussolini, y otro en Grecia, durante cuya dictadura militar el Rey Constantino no tuvo más alternativa que el Rey Vittorio Emanuele de Italia.

Nadie parece reparar en el hecho de que los países de Europa Oriental -Bulgaria, Rumanía, Serbia, Montenegro- perdieron sus Monarquías, tan queridas por sus pueblos, por la imposición de un régimen totalitario comunista, y que después de la caída del telón de acero no se ha restablecido el orden democrático y constitucional previo a la toma del poder por los comunistas prosoviéticos ni se ha pensado en la conveniencia que el pueblo decidiera sobre si quería seguir con el sistema republicano instaurado por los comunistas.

Nadie parece reparar en el hecho de que Alemania, el país más destacado y económicamente importante de Europa, instauró la república sin consultar al pueblo, ni en 1918 ni en 1945, en ambos casos dominada por las potencias vencedoras de las guerras mundiales. 

Argumentan los republicanos que las generaciones actuales son diferentes a las de 1978 y que también deben tener derecho a decidir. Curioso argumento. En Alemania llevan 65 años con una Ley Fundamental, que no es ninguna constitución aprobada por referéndum, que no permite celebrar ningún referéndum nacional, y en cuya redacción ni siquiera han podido intervenir diputados elegidos para constituir una asamblea constituyente. Y a pesar de esta y otras irregularidades, nadie parece plantear que sería necesario un cambio para que las generaciones actuales decidan sobre el estado que quieran tener.

Tampoco se ha oído a ninguno de estos republicanos de pacotilla que exigen lo mismo en repúblicas totalitarias tan afines a sus pensamientos políticos como son Corea del Norte, Cuba o China.

En ninguna Monarquía la población ha planteado la necesidad de celebrar un referéndum sobre la continuidad o no de la Monarquía cuando ha cambiado el Monarca. Claro que siempre existen minorías radicales que lo hacen, pero siempre son irrelevantes.

Y nadie repara en el hecho de que no se discute sobre el modelo de república, como si la forma republicana fuese de por sí paradisíaca y perfecta, cuando en realidad existen muchas formas de repúblicas.

¿No es democrática la Monarquía? Entonces ¿qué hay de la Unión Europea, donde los máximos representantes se autonombran y eternizan en sus cargos sin intervención del Parlamento Europeo? ¿Cómo se mide el grado de democracia de la que disfruta un país? Si partimos de los jefes de estado de las repúblicas europeas, ninguno ha llegado a serlo por decisión popular, sino por decisión de los partidos mayoritarios, y aunque se elija directamente, no hay otra alternativa que votar a uno de los dos o tres candidatos impuestos por los partidos mayoritarios. La democracia, empero, se mide por cómo se elige a los concejales, alcaldes, diputados y jefes de gobierno, que son los que deciden la política diaria, no cómo se establece el acceso a la jefatura del estado.

Lo que olvidan casi todos es que la Monarquía Parlamentaria es la forma de estado más democrática imaginable, ya que el jefe del estado es ajeno a toda lucha partidista e ideología política, está por encima de la política diaria, y por ello es el mejor representante del pueblo entero, no sólo de una parte, así como de la historia entera de su país, ya que su dinastía es la que ha acompañado decisivamente toda la trayectoria nacional.

Acabar con esta magnífica forma de estado sería acabar con la verdadera democracia, con la estabilidad, con la unidad nacional, con la cohesión. Por lo tanto, ¿para qué sirve el referéndum o a quién le sirve? No al pueblo, desde luego.

   

11 enero 2014

La Infanta imputada o La confusión intencionada del significado de la Monarquía




Abundan estos días los artículos sobre y, ante todo, contra la Infanta Doña Cristina y contra la Monarquía en España.

Desde que apareció el caso Noós como asunto colateral del asunto Palma Arena, un caso de corrupción política de mucha más envergadura que la empresa del consorte plebeyo de la Infanta, no han parado las filtraciones -sin duda intencionadas- para perjudicar la imagen de la institución monárquica española. Y resulta bastante lamentable la falta de seriedad de muchos periodistas en el asunto de la Infanta Doña Cristina. Sobre todo el debate nada objetivo sobre si se debe o no imputar a la Infanta en relación con las operaciones comerciales de su cónyuge parece haberse convertido en fuente inagotable para los sectores antimonárquicos -bastante minoritarios, pero con mucha capacidad de hacerse oír- para arremeter contra la institución monárquica que nada tiene que ver con los negocios de un particular y mero miembro político de la Familia Real.

En todo este debate se mezclan muchos conceptos. La Infanta Doña Cristina no es la Monarquía, sólo es una hija del Rey. En la Monarquía sólo existe un titular de la Corona: el Rey, mientras que al  Príncipe Heredero corresponde un lugar destacado y relevante, porque va a suceder al Rey cuando llegue el momento. En cambio, las hijas del Rey forman simplemente parte de la Familia Real, sin funciones constitucionales. La Monarquía es la forma de estado, y la Corona representa al estado. Las Infantas son personas privadas, y sólo actúan en nombre del Rey en representación de éste en actos de menor importancia, lo que es la única circunstancia cuando adquieren relevancia pública.
Por su parte, el Rey siempre ha cumplido con sus obligaciones constitucionales.

Lo triste del asunto Urdangarín es el interés político que algunos funcionarios de Justicia parecen tener cuando no hacen más que querer implicar a toda la Casa Real en un caso en el que se trata de negocios del consorte de la Infanta Doña Cristina que éste hizo aprovechándose de su posición privilegiada, incluso después de haber sido advertido por la Casa Real de no hacerlo. El error del Rey fue no haber parado en seco las operaciones comerciales de su yerno con algunos estamentos políticos, desarrollando un comportamiento nada ejemplar. Pero no olvidemos que Noós es un asunto colateral de Palma Arena y que las responsabilidades son de los políticos que adjudicaron contratos a Urdangarín sin respetar los procedimientos habituales. Al menos, este parece ser el caso, pero todo siguen siendo especulaciones mientras no se haya celebrado el juicio correspondiente y se haya dictado sentencia firme. Los medios de comunicación y algunas partes de la ciudadanía, sin embargo, ya parecen haber sentenciado no sólo al consorte de la Infanta, sino a la misma Infanta, al Rey y a la Monarquía sin diferenciar en absoluto entre estado, Corona y los diferentes asuntos judiciales.

Ahora que el juez ha decidido imputar a la Infanta Doña Cristina, nuestra valoración lógicamente es de respeto a la decisión judicial, si bien no podemos compartirla, pues estamos de acuerdo con la fiscalía, Hacienda, la Abogacía del Estado y las defensas de las partes de que no se puede imputar a nadie sólo con meros indicios y sin pruebas, y como dijo el fiscal, no se puede imputar a nadie por lo que es, sino por lo que ha hecho. El juez Castro dice que sólo quiere oír a la Infanta, pues si eso fuera verdad, la habría llamado en calidad de testigo y no como imputada.

Se ha dicho por activa y por pasiva que la ley es igual para todos. Nosotros como Asociación Monárquica Europea nos preguntamos: ¿Se habría investigado con tanto celo una situación similar si en lugar de tratarse de la Infanta Doña Cristina hubiera sido una ciudadana cualquiera? La ley en este caso parece más igual para unos que para otros. Si se demuestra con pruebas que la Infanta ha cometido algún delito, la Ley debe caer sobre ella con todo su peso, pero con pruebas irrefutables. De todos modos, tanto ella como su marido ya están condenados social y mediáticamente aunque salgan absueltos.

La Infanta en todo caso puede declarar como testigo, no como imputada, ya que las empresas fueron gestionadas por su marido y el socio de éste. Todo esto no tiene que ver ni con la Monarquía ni con el Rey, sino con los intereses de unos políticos corruptos que presumiblemente esperaron obtener prebendas muy particulares de estos negocios - o tal vez sólo querían decorarse con cierto glamour monárquico, quién sabe.
Aún más lamentable son filtraciones en toda la fase de instrucción y que la instrucción lleve ya casi 3 años sin que se haya llegado a celebrar ningún juicio. Como dijo muy acertadamente el Jefe de la Casa Real, esta prolongación inusitada de la fase de instrucción sin celebrar juicio es un martirio - y lo es no sólo para la Casa Real, sino para toda la sociedad. El juez parece prolongar aposta un procedimiento que debería ser bastante más corto. Pero la Justicia en España nunca se ha caracterizado por su rapidez y eficacia, mientras contrasta mucho con los sistemas judiciales de otros países donde no es normal que algunos jueces se hagan célebres por sus actos, caracterizados en algunos casos por unas tendencias políticas concretas. No es normal, desde nuestro punto de vista, cómo se ha desarrollado la instrucción, con continuas filtraciones, curiosamente siempre al mismo periódico. Filtraciones que casualmente tampoco se han investigado; ha habido reuniones del juez con la abogada de la acusación particular, grabadas y publicadas por un medio de comunicación que cuestionan seriamente la imparcialidad de la instrucción; publicación de correos electrónicos impresos en papel que nada aportaban al núcleo duro de las investigaciones, pero que servían para destruir la imagen de la Infanta y su entorno familiar y que el juez dio por buenos sin molestarse en investigar el soporte informático de los mismos, etc., etc.

En este tema, muchos periodistas, políticos, autodenominados expertos y ciudadanos en general, dan por sentado que hay presiones para que la Infanta salga indemne, pero todos dan también por sentado que no hay esas mismas presiones en sentido contrario y dan por buena esa “curiosa” instrucción del caso. Aceptan y aplauden entusiasmados al juez, que parece tener tan claro el papel de la Infanta, que necesita más de 200 folios para intentar justificar su postura, aplauden que la imputación solo esté sustentada por la opinión subjetiva del juez, el sindicato ultraderechista Manos Limpias, cuyas caras visibles son Miguel Bernard, ex líder del desaparecido Frente Nacional e imputado por coacción y estafa como recoge hoy ABC; la abogada del mismo sindicato, Virginia López, que fue pillada de copas con el juez Castro, y el mismo medio de comunicación beneficiado con las filtraciones y cuyos titulares de prensa sobre el caso están más cerca del sensacionalismo que de la información.

En cambio, se critica muy duramente, se ven tejemanejes y presiones tras la decisión del fiscal del caso, de la Fiscalía General del Estado, de la Abogacía del Estado y de Hacienda al rechazar la imputación. Se da más credibilidad a un juez que hasta ahora sólo se ha movido entre indicios y suposiciones, a un ultraderechista imputado por estafa y a su abogada y a un medio supuestamente independiente que a organismos e instituciones como los mencionados.

Lo más llamativo es la falta de criterio al tratar los diferentes asuntos y el aparente desconocimiento del funcionamiento y la composición de muchas instituciones. Monarquía significa "gobierno de uno", lo que aplicado a los tiempos presentes se podría traducir con "reinado de uno". Es decir, la Monarquía no la representa una multitud (toda una Familia Real), sino el Rey y nadie más que el Rey.

La ventaja de la Monarquía es que la familia del Rey puede asumir la representación de éste si así lo decide, pero eso no cambia nada respecto de la titularidad de la Corona, que corresponde a UNO, no a todos. La Reina y las hijas del Rey forman parte de la cara visible de la Monarquía, pero ellas no son la Monarquía. Los consortes de las infantas ni siquiera son representantes auténticos de la Familia Real, son anexos irrelevantes de la Familia Real sin llegar a ser realeza.

Vimos muy bien cuál es el diferente trato que recibe el Rey como titular de la Corona y jefe de estado y cuál es el trato que recibe el Príncipe Heredero. Cuando el Rey no pudo asistir a la Cumbre Iberoamericana se dijo claramente que el Príncipe no podía sustituir al Rey como jefe de estado. Entre otras razones el problema reside en que no hay Ley Orgánica que regula el funcionamiento de la institución monárquica, y al ser el Rey el único representante legítimo de la Monarquía Española (= del estado), sus funciones no pasan automáticamente a otros miembros de la Familia Real, ni siquiera al Príncipe Heredero. De hecho, vimos que Don Felipe representó al Rey en la Cumbre Iberoamricana, pero sólo en algunos actos, no como jefe de estado, mientras tuvo que complementar su viaje con otros actos representativos de tipo cultural o económico. Por lo tanto, si ni siquiera el Príncipe puede asumir las funciones del Rey, menos aún lo pueden hacer las Infantas, por mucho que estén en la línea de sucesión (lo que de por sí no significa más que un más hipotético que efectivo derecho a suceder al Rey si faltasen todos los sucesores intermedios. Consecuentemente, no se puede confundir la Monarquía con la Infanta Doña Cristina. La Monarquía es el estado y al estado lo representa el Rey como jefe del estado.

Por consiguiente, los negocios del consorte de la Infanta los hizo un particular que hizo mal uso de su posición privilegiada y de los contactos que esta posición le permitía establecer gracias a su matrimonio con una hija del Rey. Los negocios no los hizo el Rey (la Corona) ni la Monarquía (el estado).

Y sin venir a cuento, se especula constantemente sobre una eventual abdicación del Rey, que evidentemente se quiere poner en relación con el asunto Urdangarín, como si se estuviera deseando desestabilizar a la Monarquía para echarle toda la culpa de todos los males que sufre España, cuando estos males son responsabilidad única y exclusiva de la clase política gobernante y que en nada cambiarían si se acabase con la Monarquía, que es la única garantía de mantener la unidad nacional, la estabilidad política y el prestigio internacional que la clase política ha ido arruinando legislatura tras legislatura.

Por más que algún político y periodista se emocione o se frote las manos pensando en la abdicación del Rey o la caída de la Monarquía, ésta seguirá, porque la opción republicana tiene una historia muy negra por más que ahora esté de moda manipular aquel período histórico para pintarlo de rosa, pero que en realidad tuvo mucho de terrorífico y poco de democrático y que nos llevó a una guerra civil y a una dictadura. Si el Rey aguantó en la Transición entre la extrema derecha, la extrema izquierda y la crisis económica, hoy hará lo mismo y mejor, porque cuenta con el Príncipe, un hombre muy preparado, mientras nuestra clase política oscila entre la mediocridad, la falta de sentido de Estado y la estulticia.


¡Larga vida al Rey!


Fuente: Monarquía Europea
 

22 abril 2012

En abril, mentiras mil

Nunca se ha visto semejante revuelo por un viaje de Su Majestad el Rey de España. Nunca.

Resulta que Su Majestad el Rey se va de viaje privado a un país africano y se rompe un hueso de la cadera. 

Resulta que dicho accidente tiene lugar en el marco de un safari al que Su Majestad fue invitado.

Resulta que el tal accidente se produce, por pura casualidad, en la misma fecha que el nieto mayor de Su Majestad el Rey se pega un tiro en el pie con una escopeta de caza de su padre, el ex consorte de S.A.R. Doña Elena.

-lo que dice mucho del sentido de responsabilidad del ex consorte de la Infanta-

Resulta que el accidente de Su Majestad el Rey se conoce y que levanta sospechas.

¿Por qué Su Majestad el Rey viajó a Botsuana?

¡Anda! ¡Si fue para hacer un safari! 

¡Qué se habrá creído el Rey! ¡Un safari!

Y empieza a levantarse la polvoreda. Republicanos feroces arman la de San Quintín aprovechando que ha llegado su hora para arremeter contra el Monarca. 

¡Qué osadía, el Rey se ha ido a cazar elefantes! 

¡Toma ya!

¡ELEFANTES!

¡Qué crueldad! 

¡Viva la república!

A por las guillotinas, a por las guillotinas.

¡Pobres animalicos!

Resulta que en Botsuana (y en otras partes de África) no sólo sobran negros, también sobran ¡ELEFANTES!

La superpoblación de elefantes, como explicó el WWF de Alemania, necesita ser combatida, de forma controlada.

Y van y montan un gran debate en telecinco. ¡Vaya mierda de debate!

Ni debate ni ná. Con los contertulios de siempre: La feroz republicana ciudadana Rahola, otro pavo que no hacía más que interrumpir, y la María Antonia, casi la más sensata dentro de la insensatez.

Y por el lado de la derecha, tres mamonazos que nada aportaron, interrumpidos por las dos republicanas y el otro.

El Jordi, de poca capacidad moderadora, ni se inmutó.

¿Un debate republicano? Pozí. Porque los tres peleles de la derecha, tan indocumentados como los tres peleles de la izquierda rebublicana feroz, no dieron palo al agua.

Y bueno: El Jordi había invitado a dos monárquicos. Sería para humillarles. Sería para tomar el pelo a la ciudadanía. Pues no hablaron. Gracias a la Rahola y gracias a la ineptitud de Jordi.

¡Vaya mierda de Telecinco! Telecinquillo. Telemierda. ¡Qué programa más inútil y más manipulado. Una vergüenza. 

Telecinco nunca más. 

¡Abajo la república!

¡VIVA EL REY!

(la emboscada nunca antes era tan evidente)

¡Ánimos, Majestad! A estos mandangas hay que vencerles. Nobleza obliga. Vileza merece castigo.

¿Telequé?






15 abril 2012

El elefante cazado y otros episodios surrealistas

Los monárquicos en general estamos bastante perplejos ante los últimos acontecimientos, que -aunque en el fondo no son más que anécdotas de la vida cotidiana de ciertos ámbitos de alto poder adquisitivo- no dejan de ser preocupantes por reflejar una grave insensibilidad por los problemas verdaderos del país y de los ciudadanos, que en su inmensa mayoría no pueden permitirse ciertos lujos de la clase dirigente.

Las cacerías siempre han sido una afición de dudoso gusto de las altas esferas, y de hecho abundan los cazadores entre socialistas, conservadores, empresarios, nobles, gobernantes y nuevos ricos. Eso de matar de un tiro o varios a animales acechados en el monte o en la estepa debe de dar una sensación de poder muy particular -por perverso-, pues acabar con la vida ajena, aunque sólo sea animal, eleva al cazador deportivo en una especie de dios que puede decidir discrecionalmente si un animal debe morir o puede seguir viviendo.

Cazar y matar animales en realidad sólo es moralmente aceptable si es necesario para alimentarse o alimentar a la sociedad en general, o bien para evitar plagas o epidemias, y así se practica desde siempre criando o cazando animales. La caza deportiva, en cambio, aunque deja mucho dinero a los que organizan cacerías y tienen que cuidar -si pensamos en los cotos de caza- la reproducción de los animales salvajes para estas cacerías, tiene un aspecto deplorable, muy ajeno al sentir de la sociedad actual. Especialmente la caza mayor de animales raros en África o Asia es más que criticable, porque los equilibrios de la fauna en estos continentes ha sufrido muchos daños, y aunque los elefantes en algunas regiones se multiplican más de lo deseado, acabar con la posible superpoblación mediante safaris a la vieja usanza es algo bastante fuera de lugar.

Resulta que en medio de una crisis económica descomunal, cuando el Rey llama a arrimar el hombro e intentar todos juntos sacar a este país de su situación, con cinco millones y medio de desempleados y la quiebra inminente de las finanzas del estado y de las autonomías, el monarca se va de caza de elefantes a Botsuana el mismo día en que sus más acérrimos enemigos celebran la proclamación de una república que no trajo más que miseria y desgracia a este país, algo de que se vanaglorian los republicanos de la extrema izquierda bolchevique, que anhela volver a los tiempos de la revolución francesa para cortar cabezas o dar sus famosos "paseos" e imponer su particular sistema de dictadura, opresión y persecución de los que piensan de otra forma.

La izquierda no critica a los suyos
Tal vez, este episodio más de caza (sur)real no habría trascendido si no se produjera el desafortunado accidente del Rey con rotura de cadera, algo que debe haber sido motivo de máximo regocijo de las hordas republicanas, que no paran de lanzar fotomontajes y dibujos para ridiculizar al Rey y a la Monarquía, como si el hecho de irse de caza tuviese algo que ver con el buen hacer el Rey durante 37 años o el funcionamiento mismo de la Monarquía como forma de estado. Tampoco fueron tan críticos con otros cazadores -republicanos- como el ex ministro Bermejo, el ex juez Garzón y algunos altos funcionarios de Justicia y Policía, todos ellos "cazados" en una cacería, en la que el ex ministro encima participó sin tener el permiso correspondiente, una caza que fácilmente costaría a cada uno 15.000 euros o más.

Y tal vez, este episodio no sería tampoco tan trascendental si no fuera porque el nieto mayor del Rey, Don Juan Froilán, hijo primogénito de S.A.R. la Infanta Doña Elena, se pegara un tiro en un pie con una escopeta de caza de su padre, ex consorte de la Infanta, que indica el escaso sentido de la responsabilidad que tienen algunos cuando llegan a ciertos niveles sociales.

Y tal vez, este epidosio no tendría mayor relevancia si no fuera porque el aún consorte de S.A.R. la Infanta Doña Cristina no estuviera metido en líos judiciales por sus negocios con ex gobernantes autonómicos de Baleares, Valencia y Cataluña facilitados por su elevada posición social como miembro político de la Familia Real.

Uno se pregunta, seriamente, cuál es la política interna de la Casa de Su Majestad el Rey y de su equipo para que puedan ocurrir acontecimientos tan lamentables. En poco menos de tres meses la imagen de la Corona ha quedado seriamente empañada por sucesos imprevistos, pero igualmente previsibles, porque siempre hay que ponerse en lo peor para poder calcular las posibles consecuencias, y justamente los negocios del consorte de la Infanta Doña Cristina se conocían y se podían haber evitado, al igual que los riesgos de la caza deportiva son tan evidentes como son impopulares tales actividades por elitistas y costosas.

Al final resulta que el Rey como cazador de elefantes se convierte en elefante cazado, y la Monarquía sufre un deterioro de imagen que costará reparar, porque las huestes republicanas no pararán para aprovechar al máximo la mala imagen del suceso y favorecer sus postulados totalitarios a favor de un sistema que está demostrando en toda Europa que es mucho peor que la Monarquía y que adolece de problemas y crisis mucho más severos de lo que puede ser un accidente de caza de un Rey que puede sufrir cualquier persona que se dedica a estas actividades de ocio.

No dejemos que lo surrealista se convierta en base argumental a favor de algo que sería muy perjudicial para nuestro país. Pero llamemos también a las altas instancias del estado para actuar de una forma que permita percibir que tanto el Rey como el Gobierno tienen sensibilidad hacia los problemas de los ciudadnos. La austeridad empieza por el comportamiento público y privado de los máximos representantes del estado, y éste implica no hacer safaris en países lejanos ni conceder subvenciones a los enemigos del estado que nada aportan a la recuperación económica.


18 mayo 2008

La autenticidad de la Monarquía

Rey, Poder y Sociedad

Reflexiones sobre las virtudes de la Monarquía ante la puesta en duda por algunos sectores de la bondad del sistema monárquico actual en España a causa de unas manifestaciones subjetivas de S.M. el Rey de España en materia política y que en ningún caso pueden justificar crítica alguna hacia la monarquía parlamentaria como sistema de estado que garantiza la estabilidad y continuidad del orden deocrático existente en el Reino de España. El error de S.M. el Rey de emitir una opinión política concreta no implica incumplimiento alguno de sus deberes ni una ruptura en el buen hacer del monarca a lo largo de los últimos 33 años de reinado. La Corona está por encima de cualquier manifestación subjetiva que pueda hacer la persona del Rey en un momento dado y que no supone una actitud, sino una opinión, por lo que no pone en peligro alguno el correcto desempeño de sus funciones.

Asistimos hoy en día a una lucha desenfrenada por el poder. Todos los hombres aspiran hoy al poder, aspiran a imponer cada uno su propia voluntad sobre los demás. Ya dijo Voltaire: "Hacer a todos actuar como yo quisiera, ese es mi poder." No en todas las épocas de la historia ha sido esa aspiración, la del poder en sí mismo, la primera de los hombres. La verdad es que, en ciertos tiempos y debido a determinadas circunstancias, parece como desencadenarse esta ansia de poder; el poder se maximiza como valor, como valor primordial entre los demás valores sociales. En otras épocas, en las que la Sociedad parece constituir un conjunto orgánico, no ocurre tal cosa. El poder político se convierte en la preocupación fundamental cuando han ocurrido profundos cambios sociales que han puesto en duda la existencia de un poder legítimo, con la consecuencia de que cuando tal cosa ocurre, cuando el poder se desliga de la autoridad legítima -la autoridad que el pueblo acepta como de origen divino o surgida de su libre consentimiento- es incapaz de producir ningún bien. No es constructivo. No logra edificar sus propios fundamentos. Sólo es capaz de destruir y, finalmente, de destruirse a sí mismo.

Es lo que vemos confirmado por la crítica situación que viven en la actualidad las repúblicas y alguna monarquía parlamentaria como la española, que se ven cada vez más sumidas en una crisis de identidad nacional y de los valores que son la base de sus naciones, como en el caso de Italia o Alemania, pero también otras como Venezuela o Bolivia, entre otras, donde el poder llamado democrático se encuentra en fase de descomposición o desvirtuación, perdiendo cada vez más el arraigo popular que lo legitima, porque sus dirigentes hacen y deshacen a su antojo sin respetar que el pueblo tal vez quiera optar por otros dirigentes u otro sistema. El poder no sirve ya al bien del pueblo, del estado, sino sólo a sí mismo. Y esta situación es especialmente pronunciada allí donde el régimen republicano se basa sobre fundamentos poco claros en cuanto a la voluntad popular y su constitución legítima y donde los representantes elegidos se convierten en dictadores que se apropian la voluntad popular para transformar al estado en un régimen totalitario.

Por otra parte, los mismos males se hacen patentes también en la Monarquía, donde el poder trata de arrinconar al Monarca, relegando a la Real Persona a actos puramente representativos o incluso decorativos, dictándole al parecer los contenidos de sus discursos, dispensándole en sentido figurado nada más que sonrisas cínico-benévolas, porque en realidad se trata de imponer una república de hecho que se disimula con un marco decorativo psicológicamente eficaz. Es, precisamente, el modo republicano de gobernar que, reafirmándose contínuamente como democráticamente elegido, hace que se llegue a situaciones de desgobierno, corrupción y pérdida de valores morales y éticos, porque el poder que no respeta la esencia misma del estado basada en la partición de poderes (Rey-Jefe de Estado - Ejecutivo - Legislativo - Poder Judicial), se tiene que traducir, necesariamente, en el cultivo de generaciones futuras oportunistas y carentes de todo respeto hacia los demás y a las reglas de de la democracia y la pacífica convivencia. El problema de las Monarquías parlamentarias actuales en Europa es que de facto el Rey queda sometido al poder ejecutivo cuando en realidad debería quedar situado por encima de éste para ejercer una función moderadora y vigilante en beneficio del buen funcionamiento de las instituciones conforme a los preceptos constitucionales, y aunque el pueblo quisiera que su monarca ejerciera funciones más efectivas (pues al criticar que un Rey no hace nada por falta de concederle poderes clave para determinadas situaciones), ya se encargan los políticos a que esto no sea así, porque lo que más parecen temer es tener una instancia que les vigile y corrija.

Uno de los más fatales errores cometidos por los que consideran el problema del poder como un mero problema institucional es la falaz suposición referente a las relaciones entre democracia y poder. Concretamente se da por supuesto que la democracia levanta obstáculos más formidables que cualquier otro sistema de gobierno al abuso del poder. Incluso la división democrática de los poderes entre muchos salvaguarda la dignididad y la libertad humanas contra el abuso del poder mayoritario. La realidad no confirma, en modo alguno, esta suposición.

La antítesis de la tiranía no es ni ha sido nunca la democracia ni ningún otro principio específico de gobierno, sino la síntesis de unidad en lo necesario, diversidad en lo accesorio y caridad en todo (entendiéndose la caridad como ecuanimidad).

Síntesis a la que es dífícil de llegar en un modo automático por procedimientos formalistas, sino que sólo puede ser inspirada por una mente humana; pero ha de ser la de un hombre sustraído en lo posible a todas las tentaciones de los intereses particulares, situado por encima de las luchas de los partidos, que haga del logro de este alto fin el único motivo de su existencia para el que nació y fue educado. En definitiva, por la mente de un Rey.

Una auténtica Monarquía significa lo contrario de cualquier ideología. Todas ellas, hasta las más antagónicas, podrán encontrar sus partidarios entre los miembros de la comunidad. Pero el estado monárquico no estará adscrito a ninguna de ellas. Sus planes y programas de gobierno, de mucho más largo alcance que los que hacen los estados hoy en día, -el poderlo hacer así es precisamente una de las ventajas de un tipo de estado capaz de extender su mirada a través de las generaciones- estarán inspirados en consideraciones puramente pragmáticas, nunca en asbtracciones de tipo ideológico. Al quedar encarnada la cumbre y cabeza del estado por un hombre físico, de carne y hueso, no por una teoría ni por una abstracción, se vendrá abajo asimismo todo el sistema de ficciones sobre las que están edificados los modernos estados.

La forma política del mañana será la Monarquía, le guste al hombre de hoy o no. Esta evolución se realizará con la simplicidad de una ley natural. Hemos de preocuparnos sólamente de no caer mañana bajo el influjo del ayer. Esta Monarquía del mañana no puede, por tanto, aportar instituciones de ayer que hayan sido superadas. Lo que fue bueno ayer volverá mañana - en un plano más elevado, acompañado por algo nuevo, cuya bondad y valor de acomodación dependerá de nosotros.

Nada de esto debe interpretarse en el sentido de que la Monarquía represente una idea contraria a la idea democrática. La Monarquía -nunca se insistirá bastante sobre ello- no representa ninguna ideológía. EL Rey es hoy más necesario que nunca porque las luchas partidistas son hoy más violentas que nunca, y el Rey es el único dirimente posible de estas luchas, con la mirada puesta en los supremos intereses del Estado. El Rey es, en definitiva, el único posible representante auténtico de la idea del Estado, dando exactamente igual a estos efectos que profese una concepción de la sociedad democrática o aristocrática, siendo incluso perfectamente posible, en última instancia, encuadrar una teoría legitimista dentro de unos auténticos principios democráticos sobre los que se edificara el futuro Estado monárquico.

Tampoco estará situada en el centro de gravedad de las preocupaciones estatales el hombre como entidad, sino lo estarán los hombres físicos de carne y hueso, contodos sus personales problemas. Problemas que se han hecho demasiado grandes y trascendentales en los tiempos presentes, para que pretendamos continuar abordándolos a base de un sistema de ficciones. Por eso es por lo que, como afirmó el doctor Canaval, la Monarquía es el único régimen posible de futuro.

(Editorial publicado en Monarquía Europea Nº 4 Año 2 Abr-Jun 1992, revisado y actualizado el 18-05-2008 para este blog. El Dr. Gustav Canaval fue un teórico austríaco de la idea monárquica en cuyos textos se basa este artículo)

16 mayo 2008

El coste de la Monarquía

Un estudio hecho público el 27-11-2007 por Radio Intereconomía revela que la Monarquía española es la más barata de todas, mientras que las repúblicas tienen un coste desmesurado:

Monarquía española: 0,19 € por habitante y año
Monarquía británica: 0,92 € por habitante y año
Monarquía sueca: 1,05 € por habitante y año
República Italiana (presidente): 4,10 € por habitante y año.

(Sería interesante saber lo que cuestan las demás repúblicas; la Monarquía sueca es la más cara de las diez europeas. Además, teniendo en cuenta los beneficios de una Familia Real frente a presidentes de república que cambian cada 5-10 años y que mantienen sus privilegios de por vida, el coste es realmente ridículo.)

A ver quiénes son los parásitos y quiénes cuestan un dineral al pueblo... para no hablar de los senadores de España, que no sirven absolutamente para nada.

14 mayo 2008

La Monarquía y la crisis de la política

Vivimos en un mundo crispado. Los tiempos se han vuelto más difíciles. Hace ya tiempo que se calmó el entusiasmo que provocó la "aparente" desaparición del totalitarismo bolchevique a continuación de la caída del muro de Berlín. Más bien se ha convertido en desilusión, desánimo y puro afán de lucro a toda costa, una especie de baile sobre el volcán. Al mismo ritmo que se deterioran las buenas costumbres, la moral y la ética en todos los países "civilizados" del mundo, se va deteriorando el medio ambiente y la naturaleza. Estamos acabando con las bases para una pacífica y próspera convivencia dejando el campo libre a la tercermundización y la bancarrota técnica de nuestras naciones, antaño fuentes de toda cultura y todo progreso.

Sólo parecen vivir bien los desalmados, los capitalistas salvajes, los políticos corruptos y sinvergüenzas, y sobre todo, todos aquellos que hace poco oprimían a los pueblos del Este con su sistema inh
umano del comunismo, descrito con el eufemismo de "socialismo real". Algunos fueron juzgados, otros muchos siguen en libertad y hasta cobran sustanciosas pensiones del odiado enemigo capitalista. Todos los odian, pero gran parte -si no las mayorías- de los votantes los siguen eligiendo para seguir desgobernando a sus países, al igual que en Occidente muchos votantes eligen a gobernantes que no convienen a sus países, porque sólo hacen sus juegos ideológicos con claro desprecio de la voluntad popular o las necesidades reales de sus naciones.

Luego están las nuevas potencias, las economías emergentes. Son antidemocráticos, pero siguen siendo apoyados por nuestros gobiernos occidentales tan democráticos, tan preocupados por los negocios de las grandes empresas, tan solidarios, tan dados a promover una alianza de las civilizaciones sin saber muy bien qué es realmente una civilización, pero tan ineptos y fáciles de asustar por los viejos ademanes de la amenaza comunista, ahora apoyada en la dependencia creada de la producción a bajo coste.

¿No se dan cuenta de la estrategia tan astuta que sigue su curso en el este, en Asia, la estrategia cuyos hilos parecen mover los antiguos dirigentes o sus sucesores? (Putin es, al fin y al cabo, un
hijo del sistema soviético y de la KGB). La favorecen echando al campo de acción a grupos radicales, difamando a la derecha llamándola golpista y fascista (cuando son atributos que más bien les describen a ellos), y Occidente calla. Calla por miedo. Por miedo a lo inevitable. Inevitable por no poner remedio a tiempo. Más vale pisar sobre carbón candente que quedarse parado ante el obstáculo.

El mundo necesita un cambio profundo y rápido. Como ya dijo a principios de los noventa S.A.I.R. Otto de Habsburgo, el soberano europeo de la clarividencia suprema: "No queda mucho tiempo". Mirad hacia el este y hacia Asia para cercioraos de que el oso ruso y el dragón chino, pero también los nuevos potentados islámicos, tan feroces y tan peligrosos, tan opresores e intolerantes, empiezan a despertarse de nuevo. Ha tocado la hora de levantarnos todos de nuestro letargo materialista, consumista y egoísta. No podemos permitir que sigan anulando nuestra iniciativa con una vida ociosa, sobornada y subvencionada, cómoda y manipulada. ¡El despertar será terrorífico!

Apoyemos a los pueblos oprimidos por sistemas totalitarios e inhumanos para que puedan recuperar en libertad sus garantías de independencia y prosperidad. Nuestro apoyo debe ser sonado.

Llamémos la atención sobre lo que está pasando en Rusia, en Iberoamérica, en Asia, pero también en España y otros países europeos, y ofrezcamos nuestra alternativa con claridad y de forma convincente. Pasemos a la acción para alcanzar este objetivo, porque su consecución será también en nuestro propio beneficio. Sólo la unión hace la fuerza, la unión de los que creemos en la más virtuosa de las formas de estado: la Monarquía parlamentaria y constitucional que en Europa garantiza la estabilidad y la libertad en democracia y que con su sistema democrático puede servir de ejemplo para el mundo de raices europeas, aunque el sistema monárquico en sí no tenga cabida donde no existe tradición por no existir familia real; pero también la unión y la decisión de los que creemos en los valores tradicionales y liberales que son los cimientos de nuestra sociedad occidental, invadida cada vez más por gentes de otras sociedades menos desarrolladas y carentes de valores como los nuestros, valores cristianos, valores democráticos, gentes que no respetan la libertad del individuo ni lo que hemos conseguido en nuestras sociedades tras siglos de lucha.

(Artículo original publicado en Monarquía Europea Nº 9 Año IV Septiembre 1994, adaptado a la situación actual.)