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27 noviembre 2008

Trigésimo tercer aniversario de la Coronación de S.M. el Rey

Hoy (27-N) hace treinta y tres años se celebró en la Iglesia de San Jerónimo el Real la solemne ceremonia de entronización del nuevo Rey de España, oficiada por el entonces presidente de la Conferencia Episcopal Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, cinco días después de la Proclamación de Don Juan Carlos I como Rey de España ante las Cortes Generales.

En la homilía de la coronación pronunciada por el cardenal, Tarancón ya adelantó la ruptura con el franquismo y el comienzo de una nueva época democrática. Sus palabras fueron reforzadas después por S.M. el Rey durante el almuerzo ofrecido a los altos dignatarios que habían acudido a Madrid para asistir a la ceremonia.

Que la izquierda se atreva a acusar al Rey de ser un reducto del franquismo a eliminar no es sino una demostración de lo poco que sabe o quiere saber de la historia. El día de la consagración de la Corona quedó más claro que nunca que la España de Don Juan Carlos I sería muy diferente a la que acabó con el fallecimiento del Generalísimo.

El consenso y sentido común que se desprendían tanto de la homilía de Tarancón como de las palabras pronunciadas posteriormente por S.M. el Rey lamentablemente son vilipendiados por el actual gobierno de Zapatero y sus aliados separatistas catalanes, vascos y gallegos. No estaría mal que se volvieran a leer los discursos de hace 33 años para tener presente lo que ha sido el buen hacer del Rey y de los políticos de entonces.

Al contrario de muchas otras Monarquías, en España el Rey no es coronado, aunque se viene a denominar la celebración de la consagración de la Corona como "coronación". La actual corona real data de tiempos del Rey Carlos III y tiene un valor meramente simbólico, ya que por su tamaño sería también imposible ceñirla sin más.

¡Por España, todo por España!

¡Viva España! ¡Viva el Rey!

22 noviembre 2008

Trigesimo tercer aniversario de la Proclamación de S.M. el Rey

¡Viva el Rey!

Hoy celebramos el trigésimo tercer aniversario de la Proclamación de S.M. el Rey. Un aniversario que debería resaltar la gran importancia que tuvo aquel momento para toda España y el giro hacia la democracia tras casi 40 años de dictadura militar. S.M. el Rey estuvo ante un gran reto, a la vez que ante una gran incertidumbre, porque eran muchos los detractores de la restauración monárquica, sobre todo por parte de la izquierda, que tanto entonces como hoy gustaría volver a las andadas sanguinarias de la segunda república y no supera el trance de una restauración monárquica y democrática dirigida por un hábil Rey puesto por un dictador tras un interregno de 44 años. Nada consiguió la izquierda, el mérito es enterito de S.M. el Rey.

Lo que faltaba ese día 22 de noviembre de 1975 fue restablecer la legitimidad dinástica, ya que al augusto padre del Rey, Don Juan (III) de Borbón, Conde de Barcelona, Franco negó el derecho de acceder al Trono por las claras diferencias que ambos mantenían respecto del rumbo democrático que debía tomar España, por lo que Don Juan no tuvo más remedio que aceptar la decisión autocrática del dictador de nombrar a Don Juan Carlos sucesor a título de rey. Con la posterior renuncia de Don Juan el 14 de mayo de 1977 a sus derechos dinásticos a favor de su hijo el Rey, se restableció formalmente la legitimidad histórica del Rey como descendiente directo de los Reyes Católicos, enlazando con Don Alfonso XIII.

Felicito a S.M. el Rey por estos 33 años de feliz Reinado y Le deseo que pueda cumplir muchos más antes de que sea sucedido por su Augusto Hijo, S.A.R. Don Felipe Príncipe de Asturias. Es importante resaltar la importancia de la Monarquía, que los grupos extremistas nacionalistas y separatistas de algunas autonomías españolas, especialmente la de Cataluña, siguen atacando cada año cuando se celebran las fiestas autonómicas.

La Corona es la única institución capaz de enlazar la España actual con su larga historia y unir a todos los españoles bajo el manto protector de la Monarquía, garantía de estabilidad, democracia, progreso y unidad nacional.


¡Viva el Rey! ¡Viva España!


16 noviembre 2008

Rosa Aguilar: "Lo que hay que hacer es defender la Monarquía parlamentaria"

La monarquía seduce a políticos de IU; vivir para ver.

Rosa Aguilar en un cartel de propaganda electoral

Rosa Aguilar en un cartel de propaganda electoral

La llamazarista Rosa Aguilar (alcaldesa de Córdoba) ha declarado en público, justo antes de que comience la IX Asamblea de IU, que su objetivo "no es la República" ya que "eso no está en la agenda de los ciudadanos" pese a que se declara republicana. Terminó diciendo que "la Monarquía está resultando una fórmula política válida".

Es muy grato para un monárquico ver como hasta la fauna que pertenecía al estamento del PCE va convirtiéndose y madurando su opción política para apoyar al impagable Juan Carlos I, hasta tal punto que es visto como el natural punto de inflexión de la política española y garante de la Constitución, tal y como debería ser. Su carisma llega a convencer incluso a republicanos de que la solución a los problemas no pasa por destronarle sino por unirnos todos y construir una democracia sana y fuerte. Un aplauso para esta señora.

18 mayo 2008

La autenticidad de la Monarquía

Rey, Poder y Sociedad

Reflexiones sobre las virtudes de la Monarquía ante la puesta en duda por algunos sectores de la bondad del sistema monárquico actual en España a causa de unas manifestaciones subjetivas de S.M. el Rey de España en materia política y que en ningún caso pueden justificar crítica alguna hacia la monarquía parlamentaria como sistema de estado que garantiza la estabilidad y continuidad del orden deocrático existente en el Reino de España. El error de S.M. el Rey de emitir una opinión política concreta no implica incumplimiento alguno de sus deberes ni una ruptura en el buen hacer del monarca a lo largo de los últimos 33 años de reinado. La Corona está por encima de cualquier manifestación subjetiva que pueda hacer la persona del Rey en un momento dado y que no supone una actitud, sino una opinión, por lo que no pone en peligro alguno el correcto desempeño de sus funciones.

Asistimos hoy en día a una lucha desenfrenada por el poder. Todos los hombres aspiran hoy al poder, aspiran a imponer cada uno su propia voluntad sobre los demás. Ya dijo Voltaire: "Hacer a todos actuar como yo quisiera, ese es mi poder." No en todas las épocas de la historia ha sido esa aspiración, la del poder en sí mismo, la primera de los hombres. La verdad es que, en ciertos tiempos y debido a determinadas circunstancias, parece como desencadenarse esta ansia de poder; el poder se maximiza como valor, como valor primordial entre los demás valores sociales. En otras épocas, en las que la Sociedad parece constituir un conjunto orgánico, no ocurre tal cosa. El poder político se convierte en la preocupación fundamental cuando han ocurrido profundos cambios sociales que han puesto en duda la existencia de un poder legítimo, con la consecuencia de que cuando tal cosa ocurre, cuando el poder se desliga de la autoridad legítima -la autoridad que el pueblo acepta como de origen divino o surgida de su libre consentimiento- es incapaz de producir ningún bien. No es constructivo. No logra edificar sus propios fundamentos. Sólo es capaz de destruir y, finalmente, de destruirse a sí mismo.

Es lo que vemos confirmado por la crítica situación que viven en la actualidad las repúblicas y alguna monarquía parlamentaria como la española, que se ven cada vez más sumidas en una crisis de identidad nacional y de los valores que son la base de sus naciones, como en el caso de Italia o Alemania, pero también otras como Venezuela o Bolivia, entre otras, donde el poder llamado democrático se encuentra en fase de descomposición o desvirtuación, perdiendo cada vez más el arraigo popular que lo legitima, porque sus dirigentes hacen y deshacen a su antojo sin respetar que el pueblo tal vez quiera optar por otros dirigentes u otro sistema. El poder no sirve ya al bien del pueblo, del estado, sino sólo a sí mismo. Y esta situación es especialmente pronunciada allí donde el régimen republicano se basa sobre fundamentos poco claros en cuanto a la voluntad popular y su constitución legítima y donde los representantes elegidos se convierten en dictadores que se apropian la voluntad popular para transformar al estado en un régimen totalitario.

Por otra parte, los mismos males se hacen patentes también en la Monarquía, donde el poder trata de arrinconar al Monarca, relegando a la Real Persona a actos puramente representativos o incluso decorativos, dictándole al parecer los contenidos de sus discursos, dispensándole en sentido figurado nada más que sonrisas cínico-benévolas, porque en realidad se trata de imponer una república de hecho que se disimula con un marco decorativo psicológicamente eficaz. Es, precisamente, el modo republicano de gobernar que, reafirmándose contínuamente como democráticamente elegido, hace que se llegue a situaciones de desgobierno, corrupción y pérdida de valores morales y éticos, porque el poder que no respeta la esencia misma del estado basada en la partición de poderes (Rey-Jefe de Estado - Ejecutivo - Legislativo - Poder Judicial), se tiene que traducir, necesariamente, en el cultivo de generaciones futuras oportunistas y carentes de todo respeto hacia los demás y a las reglas de de la democracia y la pacífica convivencia. El problema de las Monarquías parlamentarias actuales en Europa es que de facto el Rey queda sometido al poder ejecutivo cuando en realidad debería quedar situado por encima de éste para ejercer una función moderadora y vigilante en beneficio del buen funcionamiento de las instituciones conforme a los preceptos constitucionales, y aunque el pueblo quisiera que su monarca ejerciera funciones más efectivas (pues al criticar que un Rey no hace nada por falta de concederle poderes clave para determinadas situaciones), ya se encargan los políticos a que esto no sea así, porque lo que más parecen temer es tener una instancia que les vigile y corrija.

Uno de los más fatales errores cometidos por los que consideran el problema del poder como un mero problema institucional es la falaz suposición referente a las relaciones entre democracia y poder. Concretamente se da por supuesto que la democracia levanta obstáculos más formidables que cualquier otro sistema de gobierno al abuso del poder. Incluso la división democrática de los poderes entre muchos salvaguarda la dignididad y la libertad humanas contra el abuso del poder mayoritario. La realidad no confirma, en modo alguno, esta suposición.

La antítesis de la tiranía no es ni ha sido nunca la democracia ni ningún otro principio específico de gobierno, sino la síntesis de unidad en lo necesario, diversidad en lo accesorio y caridad en todo (entendiéndose la caridad como ecuanimidad).

Síntesis a la que es dífícil de llegar en un modo automático por procedimientos formalistas, sino que sólo puede ser inspirada por una mente humana; pero ha de ser la de un hombre sustraído en lo posible a todas las tentaciones de los intereses particulares, situado por encima de las luchas de los partidos, que haga del logro de este alto fin el único motivo de su existencia para el que nació y fue educado. En definitiva, por la mente de un Rey.

Una auténtica Monarquía significa lo contrario de cualquier ideología. Todas ellas, hasta las más antagónicas, podrán encontrar sus partidarios entre los miembros de la comunidad. Pero el estado monárquico no estará adscrito a ninguna de ellas. Sus planes y programas de gobierno, de mucho más largo alcance que los que hacen los estados hoy en día, -el poderlo hacer así es precisamente una de las ventajas de un tipo de estado capaz de extender su mirada a través de las generaciones- estarán inspirados en consideraciones puramente pragmáticas, nunca en asbtracciones de tipo ideológico. Al quedar encarnada la cumbre y cabeza del estado por un hombre físico, de carne y hueso, no por una teoría ni por una abstracción, se vendrá abajo asimismo todo el sistema de ficciones sobre las que están edificados los modernos estados.

La forma política del mañana será la Monarquía, le guste al hombre de hoy o no. Esta evolución se realizará con la simplicidad de una ley natural. Hemos de preocuparnos sólamente de no caer mañana bajo el influjo del ayer. Esta Monarquía del mañana no puede, por tanto, aportar instituciones de ayer que hayan sido superadas. Lo que fue bueno ayer volverá mañana - en un plano más elevado, acompañado por algo nuevo, cuya bondad y valor de acomodación dependerá de nosotros.

Nada de esto debe interpretarse en el sentido de que la Monarquía represente una idea contraria a la idea democrática. La Monarquía -nunca se insistirá bastante sobre ello- no representa ninguna ideológía. EL Rey es hoy más necesario que nunca porque las luchas partidistas son hoy más violentas que nunca, y el Rey es el único dirimente posible de estas luchas, con la mirada puesta en los supremos intereses del Estado. El Rey es, en definitiva, el único posible representante auténtico de la idea del Estado, dando exactamente igual a estos efectos que profese una concepción de la sociedad democrática o aristocrática, siendo incluso perfectamente posible, en última instancia, encuadrar una teoría legitimista dentro de unos auténticos principios democráticos sobre los que se edificara el futuro Estado monárquico.

Tampoco estará situada en el centro de gravedad de las preocupaciones estatales el hombre como entidad, sino lo estarán los hombres físicos de carne y hueso, contodos sus personales problemas. Problemas que se han hecho demasiado grandes y trascendentales en los tiempos presentes, para que pretendamos continuar abordándolos a base de un sistema de ficciones. Por eso es por lo que, como afirmó el doctor Canaval, la Monarquía es el único régimen posible de futuro.

(Editorial publicado en Monarquía Europea Nº 4 Año 2 Abr-Jun 1992, revisado y actualizado el 18-05-2008 para este blog. El Dr. Gustav Canaval fue un teórico austríaco de la idea monárquica en cuyos textos se basa este artículo)

19 noviembre 2007

Y al trigésimo segundo año... ¿le resucitaron?

20-N, treinta y dos años después

Hoy hace treinta y dos años que falleció el General Franco, un acontecimiento que ya queda muy atrás y casi quedó en el olvido ... si no fuera por el pZoe y la obsesión de Z y camaradas de resucitar constantemente los tiempos de la segunda república y el régimen de Franco, que no fue sino consecuencia de lo que ocurrió en esta república cuando estuvo gobernada por el pZoe y los grupos radicales de la izquierda.

Hasta finales de los noventa, parecía superada esta época, con las heridas cerradas y bien curadas. Precisamente el cambio de gobierno en 1996 hizo creer que España comenzaba una nueva era sin el lastre de la historia.

Pero no. La izquierda no perdona, su rencor no tiene límites, y nunca va a superar que perdió esa guerra tan cruenta causada por ella misma y que llevó tan chapuceramente que la tuvo que perder, a pesar de contar con aliados tan estrambóticos como peligrosos como la URSS de Stalin. Llama la atención la semejanza con las amistades actuales de Z.

En su afán de mirar hacia atrás y abrir viejas heridas, Z ha conseguido dividir a la nación y retroceder en el tiempo. Z realmente no vivió la época de Franco, tiene un recuerdo virtual y nublado de su abuelo, que no fue tan héroe como nos pintó y al que no pudo conocer por nacer veintitantos años después de que falleciera, pero tiene clara una cosa: Añora la segunda república y recrea todos sus males.

A finales de los setenta se rodó una película, técnicamente no muy buena, pero muy ilustrativa de lo que era la actitud de los españoles tras los primeros años de democracia. Se basó en el libro de Vizcaíno Casas, "Y al tercer año resucitó", tratando de la hipotética resurrección de Franco tres años después. Además, ilustra muy bien el desmadre autonómico del momento (muy parecido, en el fondo, al actual si pensamos en las comunidades "históricas"), pero llega a la conclusión que todo tiene que evolucionar y que no hay marcha atrás.

La historia es un hecho objetivo. No se puede manipular estableciendo por ley lo que debemos recordar y lo que no. Modificar la historia es algo típico de los regímenes totalitarios. Este afán por cambiar la historia al gusto del régimen lo describe muy bien George Orwell en "1984". Lamentablemente, parece que las novelas y películas de ciencia ficción más negativas van a ser las que se convierten en realidad (se puede pensar en "Soylent Green", de principios de los setenta, relativa a los problemas de alimentación y de la eutanasia).

En un momento en que ya apenas hay personas que se reúnan para recordar la muerte de Franco, muy al contrario lo que aún pasaba hasta 1984 con las macromanifestaciones de Fuerza Nueva en la Castellana y que declinaron en los años posteriores de forma significativa, no veo la necesidad de resucitar fantasmas del pasado con la Ley de la Memoria Histérica y actuaciones semejantes.

La derecha en España se ha vuelto cada vez más respetuosa y, sobre todo, no mira constantemente al pasado. Pero son los que no hacen otra cosa que hablar de paz, respeto, diálogo y mirar hacia el futuro los que hacen justo lo contrario. Podemos verlo en todas las manifestaciones de la izquierda y extrema izquierda: Los antifascistas van armados hasta los dientes para ir contra los que consideran fascistas, izquierda y extrema izquierda (pZoe, IU, sindicatos, partidos extraparlamentarios tipo Movimiento Comunista) se manifiestan contra guerras inexistentes y con banderas soviéticas, los artistas sostenidos económicamente por el gobierno actual ya no se preocupan por la integridad física de nuestros soldados que mandan a la guerra en Afganistán.

La falta de identificación con el propio país, la manipulación a través de los medios de comunicación controlados por la izquierda y la educación y la falta de profesionalidad y de principios en el buen gobierno de la nación llevan al desastre y deterioran la democracia, que antes de Z parecía muy bien asentada.

La democracia actual la tenemos gracias a la habilidad de S.M. el Rey que supo encauzar la política en la dirección correcta al elegir a Adolfo Suárez como presidente del gobierno, que fue el mejor hombre para aquel momento. Acusar hoy al Rey de ser un reducto del franquismo es una insolencia, pues la Familia Real encabezada entonces por Don Juan de Borbón siempre se caracterizaba por su convicción de tener que restablecer la democracia. Hacerlo como lo hizo el Rey fue complicado, primero desde su proclamación como sucesor de Franco a título de Rey el 23 de julio de 1969, luego dentro de la legalidad vigente en 1975 y sin alterar los ánimos de los que aún ostentaban el poder efectivo. Seguramente, la mayor parte de los dirigentes franquistas tenían muy claro que el cambio que tenía que producirse era inevitable y necesario. Pero a la izquierda le cuesta reconocerlo. Es ella la fuerza más reaccionaria hoy en día.

Es de esperar que el año próximo, cuando se celebre el trigésimo aniversario de la Constitución, un nuevo gobierno haya conseguido reconducir la política errónea de ahora para que el siguiente 20-N no sea más que un hecho histórico más visto con toda normalidad, igual que el escudo de San Juan que enlaza con la historia desde los Reyes Católicos y fue también el primer escudo "constitucional" (la Constitución sólo establece los colores nacionales, no el escudo, que se cambió en 1981). Entender la historia es saber como fue y no como algunos quieren que fuera y por lo que introducen la educación para la tiranía. La Monarquía parlamentaria es la mejor garantía para que no haya tiranías.