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22 abril 2012

En abril, mentiras mil

Nunca se ha visto semejante revuelo por un viaje de Su Majestad el Rey de España. Nunca.

Resulta que Su Majestad el Rey se va de viaje privado a un país africano y se rompe un hueso de la cadera. 

Resulta que dicho accidente tiene lugar en el marco de un safari al que Su Majestad fue invitado.

Resulta que el tal accidente se produce, por pura casualidad, en la misma fecha que el nieto mayor de Su Majestad el Rey se pega un tiro en el pie con una escopeta de caza de su padre, el ex consorte de S.A.R. Doña Elena.

-lo que dice mucho del sentido de responsabilidad del ex consorte de la Infanta-

Resulta que el accidente de Su Majestad el Rey se conoce y que levanta sospechas.

¿Por qué Su Majestad el Rey viajó a Botsuana?

¡Anda! ¡Si fue para hacer un safari! 

¡Qué se habrá creído el Rey! ¡Un safari!

Y empieza a levantarse la polvoreda. Republicanos feroces arman la de San Quintín aprovechando que ha llegado su hora para arremeter contra el Monarca. 

¡Qué osadía, el Rey se ha ido a cazar elefantes! 

¡Toma ya!

¡ELEFANTES!

¡Qué crueldad! 

¡Viva la república!

A por las guillotinas, a por las guillotinas.

¡Pobres animalicos!

Resulta que en Botsuana (y en otras partes de África) no sólo sobran negros, también sobran ¡ELEFANTES!

La superpoblación de elefantes, como explicó el WWF de Alemania, necesita ser combatida, de forma controlada.

Y van y montan un gran debate en telecinco. ¡Vaya mierda de debate!

Ni debate ni ná. Con los contertulios de siempre: La feroz republicana ciudadana Rahola, otro pavo que no hacía más que interrumpir, y la María Antonia, casi la más sensata dentro de la insensatez.

Y por el lado de la derecha, tres mamonazos que nada aportaron, interrumpidos por las dos republicanas y el otro.

El Jordi, de poca capacidad moderadora, ni se inmutó.

¿Un debate republicano? Pozí. Porque los tres peleles de la derecha, tan indocumentados como los tres peleles de la izquierda rebublicana feroz, no dieron palo al agua.

Y bueno: El Jordi había invitado a dos monárquicos. Sería para humillarles. Sería para tomar el pelo a la ciudadanía. Pues no hablaron. Gracias a la Rahola y gracias a la ineptitud de Jordi.

¡Vaya mierda de Telecinco! Telecinquillo. Telemierda. ¡Qué programa más inútil y más manipulado. Una vergüenza. 

Telecinco nunca más. 

¡Abajo la república!

¡VIVA EL REY!

(la emboscada nunca antes era tan evidente)

¡Ánimos, Majestad! A estos mandangas hay que vencerles. Nobleza obliga. Vileza merece castigo.

¿Telequé?






15 abril 2012

El elefante cazado y otros episodios surrealistas

Los monárquicos en general estamos bastante perplejos ante los últimos acontecimientos, que -aunque en el fondo no son más que anécdotas de la vida cotidiana de ciertos ámbitos de alto poder adquisitivo- no dejan de ser preocupantes por reflejar una grave insensibilidad por los problemas verdaderos del país y de los ciudadanos, que en su inmensa mayoría no pueden permitirse ciertos lujos de la clase dirigente.

Las cacerías siempre han sido una afición de dudoso gusto de las altas esferas, y de hecho abundan los cazadores entre socialistas, conservadores, empresarios, nobles, gobernantes y nuevos ricos. Eso de matar de un tiro o varios a animales acechados en el monte o en la estepa debe de dar una sensación de poder muy particular -por perverso-, pues acabar con la vida ajena, aunque sólo sea animal, eleva al cazador deportivo en una especie de dios que puede decidir discrecionalmente si un animal debe morir o puede seguir viviendo.

Cazar y matar animales en realidad sólo es moralmente aceptable si es necesario para alimentarse o alimentar a la sociedad en general, o bien para evitar plagas o epidemias, y así se practica desde siempre criando o cazando animales. La caza deportiva, en cambio, aunque deja mucho dinero a los que organizan cacerías y tienen que cuidar -si pensamos en los cotos de caza- la reproducción de los animales salvajes para estas cacerías, tiene un aspecto deplorable, muy ajeno al sentir de la sociedad actual. Especialmente la caza mayor de animales raros en África o Asia es más que criticable, porque los equilibrios de la fauna en estos continentes ha sufrido muchos daños, y aunque los elefantes en algunas regiones se multiplican más de lo deseado, acabar con la posible superpoblación mediante safaris a la vieja usanza es algo bastante fuera de lugar.

Resulta que en medio de una crisis económica descomunal, cuando el Rey llama a arrimar el hombro e intentar todos juntos sacar a este país de su situación, con cinco millones y medio de desempleados y la quiebra inminente de las finanzas del estado y de las autonomías, el monarca se va de caza de elefantes a Botsuana el mismo día en que sus más acérrimos enemigos celebran la proclamación de una república que no trajo más que miseria y desgracia a este país, algo de que se vanaglorian los republicanos de la extrema izquierda bolchevique, que anhela volver a los tiempos de la revolución francesa para cortar cabezas o dar sus famosos "paseos" e imponer su particular sistema de dictadura, opresión y persecución de los que piensan de otra forma.

La izquierda no critica a los suyos
Tal vez, este episodio más de caza (sur)real no habría trascendido si no se produjera el desafortunado accidente del Rey con rotura de cadera, algo que debe haber sido motivo de máximo regocijo de las hordas republicanas, que no paran de lanzar fotomontajes y dibujos para ridiculizar al Rey y a la Monarquía, como si el hecho de irse de caza tuviese algo que ver con el buen hacer el Rey durante 37 años o el funcionamiento mismo de la Monarquía como forma de estado. Tampoco fueron tan críticos con otros cazadores -republicanos- como el ex ministro Bermejo, el ex juez Garzón y algunos altos funcionarios de Justicia y Policía, todos ellos "cazados" en una cacería, en la que el ex ministro encima participó sin tener el permiso correspondiente, una caza que fácilmente costaría a cada uno 15.000 euros o más.

Y tal vez, este episodio no sería tampoco tan trascendental si no fuera porque el nieto mayor del Rey, Don Juan Froilán, hijo primogénito de S.A.R. la Infanta Doña Elena, se pegara un tiro en un pie con una escopeta de caza de su padre, ex consorte de la Infanta, que indica el escaso sentido de la responsabilidad que tienen algunos cuando llegan a ciertos niveles sociales.

Y tal vez, este epidosio no tendría mayor relevancia si no fuera porque el aún consorte de S.A.R. la Infanta Doña Cristina no estuviera metido en líos judiciales por sus negocios con ex gobernantes autonómicos de Baleares, Valencia y Cataluña facilitados por su elevada posición social como miembro político de la Familia Real.

Uno se pregunta, seriamente, cuál es la política interna de la Casa de Su Majestad el Rey y de su equipo para que puedan ocurrir acontecimientos tan lamentables. En poco menos de tres meses la imagen de la Corona ha quedado seriamente empañada por sucesos imprevistos, pero igualmente previsibles, porque siempre hay que ponerse en lo peor para poder calcular las posibles consecuencias, y justamente los negocios del consorte de la Infanta Doña Cristina se conocían y se podían haber evitado, al igual que los riesgos de la caza deportiva son tan evidentes como son impopulares tales actividades por elitistas y costosas.

Al final resulta que el Rey como cazador de elefantes se convierte en elefante cazado, y la Monarquía sufre un deterioro de imagen que costará reparar, porque las huestes republicanas no pararán para aprovechar al máximo la mala imagen del suceso y favorecer sus postulados totalitarios a favor de un sistema que está demostrando en toda Europa que es mucho peor que la Monarquía y que adolece de problemas y crisis mucho más severos de lo que puede ser un accidente de caza de un Rey que puede sufrir cualquier persona que se dedica a estas actividades de ocio.

No dejemos que lo surrealista se convierta en base argumental a favor de algo que sería muy perjudicial para nuestro país. Pero llamemos también a las altas instancias del estado para actuar de una forma que permita percibir que tanto el Rey como el Gobierno tienen sensibilidad hacia los problemas de los ciudadnos. La austeridad empieza por el comportamiento público y privado de los máximos representantes del estado, y éste implica no hacer safaris en países lejanos ni conceder subvenciones a los enemigos del estado que nada aportan a la recuperación económica.