El escritor Josep Pla dijo hace años:
“El catalanismo no debería prescindir de España, porque los catalanes fabrican muchos calzoncillos, pero no tienen tantos culos”.
España al rojo vivo |
Hace unos meses salió un informe según el cual la venta de productos catalanes en el resto de España ha bajado de media un 20% desde 2005. Así lo refleja también un artículo aparecido estos días en ABC, aunque no especifica estos datos.
Desde que gobierna en Cataluña el tripartito, la imagen de Cataluña ha sufrido mucho en el resto de España. El odio que muestran los nacionalistas a todo lo que suene o se parezca a España ha causado en muchos ciudadanos del resto de España una fuerte antipatía hacia todo lo catalán.
Tras las numerosas salidas de tono de políticos como Carod-Rovira, Benach o Puigcercós, especialmente también desde aquel viaje de Carod-Rovira a Perpiñán para negociar con ETA que no cometiera más atentados en Cataluña, aumentaron las llamadas al boicot a productos catalanes. Y aunque no parecía tener mucho eco, el boicot lleva ya varios años funcionando y aumentando, como se desprende de la información sobre comercio interior entre Cataluña y el resto de España.
Una cosa está clara: Sólo cuando a los empresarios catalanes les empiezan menguar los ingresos, éstos empezarán a hacer algo contra la locura separatista.
Ciertamente es injusto boicotear productos catalanes, porque con ello se daña a todos los que vivan y trabajen en Cataluña. Tampoco está claro qué empresas apoyan al independentismo y al odio antiespañol. Pero por otra parte el boicot constituye también la única forma de actuar contra el separatismo. ¿Cómo, si no, se puede influir en esa política irracional de los políticos catalanes y de los políticos españoles que apoyan a aquellos, como es el caso de Zapatero?
Los ciudadanos en general tenemos poco poder. Nuestra capacidad de influir en decisiones como la de prohibir los toros o impedir que los centros públicos catalanes ofrezcan la posibilidad de la enseñanza íntegra en español se limita a las elecciones cada cuatro años. Luego deciden los representantes del pueblo en función de sus intereses partidistas lo que se hará o no se hará.
Últimamente, los independentistas catalanes han tenido mucho interés por las consultas populares. Pero claro, sólo sobre temas que les interesan. En la cuestión de las corridas de toros han optado por no consultar al pueblo.
Así las cosas, ¿qué le queda al ciudadano para hacerse oír? No hará falta que nadie llame al boicot de productos catalanes. Cada uno actuará según su conciencia. Son actitudes tal vez irracionales, pero ¿son racionales las políticas catalanas? ¿Es racional decir Correbous sí, toros no, artesanía catalana sí, muñecas flamencas no? ¿Por qué deben comprarse detergentes fabricados en Cataluña? ¿Por qué no optar por detergentes fabricados en Madrid o Sevilla? ¿Cava sí? ¿Y por qué no espumoso de La Mancha? El mercado es libre, el consumidor también. Si en Cataluña no hay libertad para decidir si ir a los toros o hablar en español, habrá que hacer uso de otras libertades como la de comprar los productos que uno quiera.
Si en una tienda me tratan mal, ¿cuál es mi poder para castigar a dicha tienda? Evidentemente, no ir más. Hay muchas tiendas del mismo tipo para elegir. Entonces, ¿cuál es el poder del ciudadano frente a Carod, Montilla, Saura o Mas? ¿Son ellos sensatos gobernando? ¿Por qué tendría que ser sensato el consumidor pensando en los trabajadores de Cataluña? También puede pensar en los trabajadores de Sevilla o Madrid. La supervivencia de una tienda depende de su imagen, la calidad de su servicio y de su oferta. La de una región depende de su imagen, sus gentes y su competitividad frente a otras. Luego es el ciudadano quien decide dónde comprar, dónde pasar sus vacaciones, dónde vivir. ¿Por qué una empresa decide establecerse en uno u otro país?
No apoyo un boicot, porque sé que hay muchos catalanes que no son como sus gobernantes, porque sé que hay gente valiente como Albert Rivera, Carmen de Rivera, Jordi Cañas y todos que les apoyan y que viven y trabajan en Cataluña y no merecen sufrir en sus carnes las consecuencias irracionales -aunque perfectamente entendibles- de la mala imagen de Cataluña creada. Ya sufren bastante la imposición, la persecución y la falta de libertad en Cataluña. El boicot, en realidad, se lo hacen los mismos que siembran odio y mala imagen.
Pero, sin duda, hemos aquí un grave dilema para muchos.