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16 abril 2011

Vídeo de la presentación del libro "Cuerpos descosidos" de Javier Quevedo

El pasado 12 de marzo de 2011 tuvo lugar en la madrileña librería "Estudio en Escarlata" la presentación del último libro de Javier Quevedo Puchal titulado "Cuerpos descosidos". La presentación estuvo a cargo de la editora Pilar Barba y de David Panadero.

El vídeo reproduce casi al complet esta presentación muy interesante que invita a leer el libro.

04 noviembre 2009

Todas las maldiciones del mundo - entrevista con Javier Quevedo

Un hombre acabando una terapia de desintoxicación por exceso de una droga del olvido. Una enfermera infeliz que desaparece. Un hombre que estuvo en la vida anterior al tratamiento y que no logra ganarse el afecto del protagonista. Una pareja que lo es por circunstancias y que se separa. Un hermano que desea olvidar por lo mismo que el protagonista cuando antes no entendía muy bien lo ocurrido. El protagonista vaga por la vida y el mundo sin rumbo claro en busca de quien no logró olvidar.

La segunda novela de Javier Quevedo, que el autor empezó a escribir en realidad antes que la primera, se antoja surrealista, un poco al estilo de Dylan Thomas en "Con Distinta Piel", entendiéndose el término en un sentido filosófico-existencialista. Cuenta la historia de alguien que por causa del desamor cayó en el error de querer borrar la memoria con la pastilla del olvido. O al menos es eso lo que piensa el protagonista. Sin embargo, olvidó todo menos su experiencia traumática de haber perdido a quien más amaba. ¿De verdad no la olvidó? ¿Se puede olvidar lo que tal vez nunca existió como uno piensa?

Este artículo de análisis con entrevista al autor acercará al lector a esta novela que recomiendo encarecidamente a todos, porque la manera de contar la historia no sólo es literariamente ejemplar por su estilo, sino también curiosa, ya que la trama y el estilo del relato provocan máxima expectación y reflexión profunda.

La novela es mucho más compleja que la pregunta por el intento de olvidar acontecimientos o vivencias pasadas. Lo que parece que ocurre, en realidad es otra cosa muy distinta. De allí que surge la pregunta de si ¿se podría decir que la novela "Todas las maldiciones del mundo" tiene un toque surrealista?  Y hemos aquí la respuesta del autor:

Javier Quevedo: La verdad es que nunca lo había pensado en esos términos. Pero ahora que lo dices, puede que sí tenga algo de surrealista… claro que no en el sentido de “absurdo” que mucha gente entiende este término. A veces hay en la novela una especie de libre fluir de la conciencia de Gabriel que no sabes hacia dónde va a llevar el discurso y que se puede asemejar un poco a una especie de estado onírico. Ignoro si es ese el toque surrealista al que apuntabas, pero lo cierto es que nunca me había parado a pensar en ello." 


El protagonista de la historia cayó en el abuso de una droga para olvidar su experiencia afectiva traumática. O al menos es eso lo que parece al principio. Su paso por una especie de clínica de desintoxicación sólo sirvió para agudizar su claridad mental. Se queda en una situación de espectador que analiza lo que ocurre alrededor suya, pero sin implicarse. Su vida transcurre por sí sola, en medio de un mar de indiferencia. Su vida se convierte en un estado apático, aunque lúcido, pues filosofa sobre la vida - su vida. ¿Abstraerse en pensamientos sobre el sentido de la vida puede ayudar a sobrellevar un estado depresivo? 

Javier Quevedo: Yo creo que es más un asunto de inevitabilidad que de utilidad. Quiero decir que no es que Gabriel busque reflexionar sobre su vida como vía para sobrellevar su estado, sino que más bien es algo de carácter un poco compulsivo, que no puede evitar, que le surge sin pararse a pensar demasiado en lo que está haciendo. En todo caso, sospecho que lo peor que uno puede hacer en estados de depresión es encerrarse en sí mismo y ponerse a darle vueltas a todo, puesto que con la cabeza caliente se corre el riesgo de caer en una especie de espiral que no lleva a ninguna parte. Los problemas es mejor pensarlos con la cabeza fría, ¿no? 

El hilo conductor a modo de leitmotiv es la calima: Aparece al principio del relato y vuelve a aparecer al final, en unas circunstancias más que sorprendentes si tenemos en cuenta el error en el que puede caer el lector si piensa con una lógica corriente guiada por el relato de Gabriel. Y es sólo entonces cuando se aclaran las cosas.

Partiendo de la idea inicial de que el protagonista -Gabriel- habla con su ex, lo que es producto de su experiencia afectiva traumática, consciente de que éste no le puede escuchar y que seguramente nunca más tendrá la oportunidad de hablar con él, aunque siempre guarda un hilito de esperanza de que le llame o lo encuentre en cualquier momento, invita a la reflexión sobre si ¿tener conversaciones ficticias con el amor perdido es beneficioso o perjudicial para uno mismo? 

Javier Quevedo: Supongo que eso es algo que depende de muchos factores. A mí me da la impresión de que, cuando uno mantiene conversaciones ficticias con alguien, siempre hay un cierto componente obsesivo-compulsivo en ello, por pequeño que sea. Lo importante es que ese componente no nos supere; lo ideal sería focalizar esas conversaciones para organizar el discurso interior y quizás poner en orden las ideas, un poco como haríamos con un diario privado. No creo que sea ni útil ni sano despacharnos o desahogarnos de esa manera, dado que se trata de un discurso que sólo oímos nosotros mismos. Pero vamos, que todo esto son impresiones mías, no soy psicólogo ni nada por el estilo…  
 
A lo largo de la historia aparecen personajes varios y curiosos, igualmente fracasados sentimentalmente. Tal vez también fracasados enteramente. Infelices que buscan la felicidad con la certeza fatalista de que nunca la encontrarán. La soledad afectiva de vidas que se cruzan, que se comprenden hasta cierto punto. Pero nadie se involucra en la vida del otro. Cada uno tiene que afrontar su vida por sí solo. ¿Supone el trauma afectivo una incapacidad temporal para relacionarse a fondo con otras personas o para establecer nuevas amistades? 

Javier Quevedo: Interesante lectura… No sé, cada persona vive el trauma afectivo de una manera, pero creo que todas tienen un elemento en común: cierta incapacidad para ver las cosas con claridad. Algunos se verán incapacitados para relacionarse a fondo con otras personas y se cerrarán en banda en sí mismos, mientras que otros tal vez crean estar relacionándose a fondo con otras personas, cuando en el fondo sólo están llenando desesperadamente los huecos y las carencias que les ha dejado ese trauma afectivo. Lo que le pasa a Gabriel es que se siente completamente alienado, experimenta un vacío que sólo se explica en toda su dimensión hacia el final del libro… y lo irónico es que ni siquiera siente demasiada empatía cuando se encuentra a otras personas que también viven encerradas en sus propias cáscaras. Es un poco como lo del pez que se muerde la cola. Quizás encaje bastante tu visión de lo que le pasa a Gabriel, ahora que lo pienso, me gusta. 

En definitiva, se trata de otros que caen en el desamor, el desánimo y buscan ayuda sin encontrarla, aunque si pusieran de su parte, seguramente la encontrarían. Como el hermano del protagonista, al que se podría aplicar la regla de que "no te rías nunca de la desgracia de otro, igual te ocurre lo mismo un poco más adelante".

Gabriel no está solo en su desgracia, aunque cada desgracia es diferente. ¿Refleja "Todas las maldiciones del mundo" una problemática social del aislamiento en el que vivimos o viven algunos cuando pierden la capacidad de relacionarse? ¿No se trata tal vez de un tipo de autismo social que es consecuencia de una experiencia traumática en las relaciones personales? 

Javier Quevedo: Esa es, sin lugar a dudas, la lectura que se puede ir extrayendo durante gran parte de la novela, estoy de acuerdo. Sin embargo, si nos ceñimos al viraje que se da en el tercio final, creo que la novela habla de otras cosas muy diferentes o, por lo menos, menos específicas: todas las maldiciones del mundo acaban siendo la misma, es decir, todas acaban reduciéndose a la frustración, la carencia de aquello que deseamos y no tenemos. Creo que, más que de la incapacidad de relacionarse, que es al fin y al cabo una parte concreta del problema, el libro habla de algo más general: la frustración como mal social. 

Al final de la historia, queda claro lo que el lector hasta muy avanzada la novela tiene tan poco claro como Gabriel. ¿Cuál habría sido la salida para el protagonista de no haber caído en la droga del olvido? 

Javier Quevedo: Nada bueno, desde luego. Llegado un momento de la novela, se comenta qué es lo que hace alguna gente que no es capaz de superar el momento de lucidez que tuvo Gabriel y, si mal no recuerdo, se habla de suicidio. Lo curioso es que Gabriel, por motivos demasiado complejos como para comentar aquí, optó por otra opción que él consideró mucho menos autodestructiva… sin embargo, se trata de una salida que, a su manera y según queda reflejado en la novela, también tiene mucho de autodestructiva (al menos, simbólicamente). 

Lo realmente surrealista de la historia -ya que hablo de surrealismo- no es la supuesta pérdida del amor, sino el error en que cae Gabriel sobre su verdadera situación sentimental. ¿Refleja la historia lo que ocurre a muchas personas que buscan sin éxito la felicidad y no la encuentran por su propia incapacidad de relacionarse? 
 
Javier Quevedo: Absolutamente. Por ejemplo, esa es la función básica que desempeña Sam dentro del relato: él es la persona idónea y, aunque Gabriel lo tiene delante de las narices todo el tiempo, apenas lo ve porque está demasiado ocupado persiguiendo dentro de su mente a otra persona. Aunque no hay que olvidar que también el propio Sam podría estar equivocándose al creer haber encontrado en Gabriel lo que tenía en otro, por el simple hecho de que ambos guarden algunas similitudes asombrosas. De todos modos, no son los únicos personajes aquejados de este problema, continuamente están entrando y saliendo en la historia personas que son infelices por no haber sabido relacionarse con los demás o por haberse equivocado con las decisiones que han tomado a la hora de relacionarse.

¿El pasado siempre estará presente en nuestras mentes, por mucho que intentemos borrarlo? ¿O acaso idealizamos el pasado obsesionándonos con algo que nunca existió? 

Javier Quevedo: Alguien dijo en una ocasión que el pasado y el futuro no existen, que todo lo que tenemos es el presente. A veces, las personas nos obsesionamos con el pasado y, si no inventarlo totalmente a nuestro antojo, lo que tal vez hagamos es magnificarlo, pulirlo de imperfecciones y quedarnos con lo bueno. Supongo que de ahí el famoso dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor, que siempre me ha sonado bastante cínico, dicho sea de paso. 

¿Nos obsesionamos con los malos recuerdos o los hacemos peores de lo que realmente son? 

Javier Quevedo: Ayer estaba viendo “(500) días juntos”, una película que recomiendo a todo el mundo, y me llamó la atención algo que le dijo un personaje al protagonista: ahora sólo te acuerdas de lo bueno; cuando pienses en el pasado, recuérdalo tal cual era. Es curioso cómo siempre tendemos a manipular nuestros recuerdos para quedarnos con una sensación polarizada de lo que fueron. Quien tenga una mala experiencia de algo, seguramente la magnificará hasta convertirla en un infierno. Y quien añore su pasado, tenderá a pasar por alto todo lo que pudiera tener realmente de malo y acabará pensando que aquello era el paraíso. 

Ideas claras versus ideas confusas - ¿contrapunto entre El Tercer Deseo y Todas las maldiciones del mundo? En ambas novelas hay un despertar en la desgracia, aunque el final sea diferente: en la primera es esperanzador, en la segunda se pierde toda esperanza. 

Javier Quevedo: ¿Tú crees? A mí el final de Todas las maldiciones del mundo me parece muy esperanzador. Las dos últimas páginas de la novela están llenas de pistas, de guiños que nos marcan un cambio de mentalidad decisivo en el protagonista. De hecho, si me preguntaras cuál de los dos finales es más inequívocamente optimista, más esperanzador, diría que el de Todas las maldiciones del mundo. Gabriel ha pasado de una mente confusa y un corazón enmarañado a un estado de lucidez total y un corazón saneado, que parece empezar a latir de verdad. Él mismo afirma que anhela alcanzar cosas auténticas, reales, y que no le importa tener que esperar. Creo que ahí está la clave de todo, en esa voluntad de no querer seguir engañándose por más tiempo (y cuando hablo de no engañarse, me refiero a ninguno de los dos modos de engaño que perpetra Gabriel sobre sí mismo en la novela). 

Gabriel piensa que la droga del olvido le borró la memoria, cuando en realidad le borró la noción de la realidad. ¿Existe un equilibrio entre recuerdos buenos y recuerdos malos? ¿Consiste la maldición en salir del sueño de un pasado inexistente o en sumergirse en una nebulosa para no ver la realidad? 

Javier Quevedo: Por no desvelar de más a quien no haya leído el libro, diré que la auténtica maldición es equivocar el objeto de nuestro deseo. Esa es la mayor frustración que sufre Gabriel y, para rizar el rizo, la sufre por partida doble. En algunos asuntos, es preferible mantener la cabeza fría y los pies en el suelo, aunque sea para evitar acabar persiguiendo fantasmas con una red agujereada.

Te gustan los cuentos. ¿Hay moraleja si pensamos que esta novela podría ser un cuento surrealista?
 
Javier Quevedo: Si te soy sincero, me gustan los cuentos, pero no las fábulas. O dicho de otro modo: me gusta hacer mis interpretaciones, pero no que me digan al final lo que debo pensar. Te aseguro que lo último que pretendía es sentar cátedra con la visión que pueda insinuar en la novela, es decir, no quería en ningún momento dar moralejas ni nada por el estilo (y espero no darlas). Lo que sí te puedo decir, tal vez entroncando un poco con esa lectura surrealista que comentabas antes, es que se puede extraer una lectura muy irónica de todo lo que le pasa a Gabriel, un cierto poso agridulce del que se puede aprender algo o no. Como ya comentamos en la otra entrevista a propósito de El tercer deseo, me gusta que el lector saque sus conclusiones y, si viene al caso, que cuestione las que yo le pueda haber sugerido. 

¿Novela de amor o novela existencialista? 
 
Javier Quevedo: Hace poco me comentaba alguien que esperaba leer una novela de amor y que lo había desconcertado al no encontrar rastro de ello en el libro. Yo creo que, si bien no es el tema central, Todas las maldiciones del mundo sí habla bastante del amor, o por lo menos de la idea del amor… claro que se habla de él de un modo mucho menos romántico que en El tercer deseo, más distanciado, casi quirúrgico por momentos. De todos modos, me parece que tiene más de novela existencialista, si nos centramos en lo que comentaba antes que considero es el tema esencial de la obra: las frustraciones. Y hay frustraciones en la novela que no tienen nada que ver con el amor (o, por lo menos, nada que ver con el amor romántico). 

¿Cuál es, por tanto, la conclusión de esta historia curiosa?

Una novela distinta. ¿Triste y pesimista o todo lo contrario? El libro invita a la reflexión, igual que El Tercer Deseo, pero de otra forma. El problema de fondo es parecido en ambos libros, pero el enfoque es distinto. También el estilo. Aquí todo transcurre cronológicamente, quizás como expresión de que el protagonista paso a paso va adquiriendo conciencia de su verdadera situación, mientras que Jonás en El Tercer Deseo realmente no tiene nada claro. Gabriel las tiene claras hasta cierto punto... mientras que no se levante la calima que no le deja ver.

No todo puede ser luz y color. La vida no lo es siempre. Una cosa queda fuera de duda: El pasado siempre estará presente en nuestras mentes, por mucho que intentemos borrarlo. Lo que importa es saber diferenciar y desprenderse del lastre que no nos sirve en absoluto y evitar que nuestros recuerdos se conviertan en algo que no se corresponde con la realidad que habíamos vivido. La mente posiblemente es tan independiente que no se deja manipular, y si se intenta hacerlo, puede pasar factura en forma de un desequilibrio de los recuerdos. Porque siempre hay recuerdos buenos y malos. Para que pesen más los buenos recuerdos hace falta aprender no obsesionarse con los malos. Y si encima interviene un factor externo que manipula la memoria, los resultados pueden ser nefastos.

Tal vez sea ésa la moraleja.

Muchas gracias, Javier, por esta alucinante experiencia de tu libro y de la entrevista contigo.

(c) Pedro Schwenzer



21 octubre 2009

"El Tercer Deseo" de Javier Quevedo - entrevista

Occidente a la Deriva se complace en presentar a sus lectores a Javier Quevedo Puchal, autor del libro El Tercer Deseo. Se trata de su primera novela y se enmarca dentro de un género literario particular que es lo que últimamente se viene a denominar como narrativa gay, tal vez porque parece que sólo se dirige a un público limitado. Pero también es una narrativa muy variopinta que durante las últimas décadas -y muy especialmente durante los últimos quince años- ha experimentado un cambio sustancial.

Lejos quedan las novelas sobre la temática gay de los años setenta del siglo pasado que describían, habitualmente, un mundo triste, sórdido, de marginación y de represión, aunque se escriban o publiquen aún novelas deprimentes como El Jardín de los Fantasmas Infinitos de Antonio Jiménez Ariza. Sórdido es también el mundo que suele describir Jaime Bayly en Fue ayer y no me acuerdo o La noche es virgen, lleno de salidas obligadas a discotecas y mucha coca, como si esto fuese el sino de todo gay, cuando sólo describe una parte minoritaria de este sector de la sociedad, con comportamientos igualmente presentes en el mundo heterosexual.

A finales de los ochenta ya aparecieron relatos más interesantes, generalmente fuera de nuestras fronteras, en los países anglosajones. La tristeza y sordidez deja paso a finales felices o al menos historias más positivas, como en Los Chicos de Alquiler no lloran, de Richie McMullan, o Es difícil encontrar héroes, de Sebastián Beaumont.

Al ritmo que avanzó la década de los noventa, aparecieron novelas como Más allá del límite, de Mike Seabrook, o Algún día te escribiré esto, de Luis Algorri.

Hoy en día, las cosas son diferentes, entre otras razones porque nuestra sociedad ha evolucionado, está menos condicionada por factores como los cánones morales de una sociedad que durante siglos vivía a merced de una moral represiva y totalitaria dictada por la Iglesia Católica o por iglesias protestantes varias, especialmente las de carácter sectario como existen en Estados Unidos. Los gays viven su vida con más libertad, sin tener que pensar siempre en lo que van a pensar los demás o si los van a discriminar por ser diferentes. Una muestra clara de ese cambio es la evolución del barrio de Chueca en Madrid o del Gay Village en Montréal, para dar algunos ejemplos.

La apertura de la sociedad europea en general y la española en particular ha sido notable en los últimos quince años, aunque aún queda mucho por avanzar en este campo, porque el hecho de haber legislado a favor de grupos sociales como los homosexuales no supone un cambio automático en la forma de pensar de la población, que en su mayoría sigue marcada por estereotipos homófobos, muchas veces inconscientes, otras veces basados en el desconocimiento.

La narrativa gay moderna puede contribuir a un mejor entendimiento del mundo gay, que muchos perciben de una forma deformada precisamente porque los medios de comunicación suelen buscar el impacto para captar la atención del público en lugar de presentar a los homosexuales como gente normal y corriente en sus quehaceres diarios.

Se podría decir que la narrativa gay es tan variopinta como el mundo que describe y que no es exactamente un género aparte. El error puede ser usar tal denominación, porque provoca el efecto psicológico de aislamiento de una literatura apta para todos, no sólo para una pequeña parte de nuestra sociedad.

Un libro que seguramente puede contribuir a un mejor entendimiento de la visión gay de la vida de las relaciones personales es El Tercer Deseo, primera novela de Javier Quevedo Puchal. Esta entrevista nos da muchas pistas sobre la novela, pero nos aclara también algunos aspectos muy interesantes de lo que es el mundo gay, pues Javier Quevedo tiene las ideas muy claras al respecto y una visión, pienso yo, muy objetiva.

Occidente a la Deriva: El Tercer Deseo ha sido tu primera novela. ¿Cómo se te ocurrió escribir un libro de temática gay?

Javier Quevedo: Lo cierto es que, mientras lo escribía, no me paré mucho a pensar si era o no de temática gay (un concepto que, dicho sea de paso, cada vez me gusta menos: ¿existe una literatura de temática heterosexual? No lo creo). La única verdad es que había una historia que necesitaba plasmar y una serie de sensaciones, pensamientos y sentimientos que quería ver reflejados. Me autocensuré muy poco, fui lo más sincero posible e intenté llegar a las últimas consecuencias del relato.

OD: Muchas veces, las novelas a modo de diario reflejan las vivencias personales del autor. ¿Se puede decir que este primer libro es hasta cierto punto autobiográfico?

JQ: Sí, sin duda alguna tiene un alto componente autobiográfico pero, eso sí, mezclado con mucha ficción. No sólo lo cuentos de hadas que puntean las vivencias de Jonás son imaginarios, también toda la fase final en que conoce a Hänsel es enteramente ficticia. Y aunque un 60% de la novela es bastante autobiográfico, lo he reelaborado de manera que, en definitiva, no hablo de mí, sino de un alter ego. He fusionado personajes reales y mezclado vivencias propias con ficción pura y dura. Creo que, en definitiva, la fórmula funciona bastante bien.

OD: ¿Consideras que la vida se asemeja a veces - sobre todo en materia de relaciones personales- a jugar al gato y al ratón? Es decir, perseguimos lo inalcanzable a la vez que somos inalcanzables para otros?

JQ: No quiero sonar arrogante, pero creo que ese es un rasgo que se va perdiendo según uno madura. Dicen que la felicidad es desear no lo que no se tiene, sino lo que se tiene. El problema es que me parece que vivimos en una sociedad muy errática, cada vez más, de permanente insatisfacción y de eterno egocentrismo. Y si uno está demasiado ocupado en quererse con locura a sí mismo, ¿cómo va a querer con locura a otra persona? O dicho de otra manera: si cada vez hay menos gente que se aguanta a sí misma, ¿cómo van a aguantar a otro? No sé si me he explicado con claridad, la verdad. Más que hablar de “juego” del gato y el ratón, hablaría de “maldición” del gato y el ratón.

OD: ¿Cómo tuviste la idea de intercalar cuentos al estilo de los cuentos antiguos, pero con la particularidad del enfoque gay?

(Dicho sea de paso: El autor escribe con mucha naturalidad, y así salen detalles "espontáneos" y en cierto modo algo chocantes al situar las relaciones entre dos hombres en una época en la que esto no solía ser posible más que en el más absoluto secreto.)

JQ: Sinceramente, soy un apasionado de los cuentos de hadas, es un género que me ha gustado desde siempre y que integro a veces sin darme cuenta siquiera en lo que escribo. Existen muchas relecturas de diversos cuentos de hadas: en clave de terror, en clave erótica, en clave humorística, incluso en clave porno… pero lo que a mí me atraía particularmente era reflejar la degradación en la que han caído los valores de los cuentos tradicionales hoy en día (no sólo en lo que se refiere a las relaciones gays, aunque sea de ellas de las que hablo, sino en las relaciones en general). Quería captar la ironía, el desencanto de cómo serían esos cuentos ahora… y un poco subrayar con ello las vivencias del protagonista de la novela. Obviamente, me tomé una gran licencia trasladando a determinadas épocas una normalización gay que no existía para nada, pero hay que tener en cuenta que también los cuentos tradicionales hablan de un amor romántico que también era bien poco común en aquellas épocas, ¿no?

OD: ¿Crees que el mundo gay -en lo que se refiere a las relaciones afectivas- es un mundo aparte?

JQ: A veces lo he pensado, sí, pero no sé si cada vez más la tendencia sexual es lo de menos. Lo que pasa al ser gay es que uno cuenta con el problema añadido de que hay mucha gente que sigue sin aceptarse a sí misma, por los factores que sea que haya interiorizado, y eso es un hándicap que puede dinamitar muchas relaciones (reales o potenciales). Para entendernos: un chico hetero, raramente encontrará a una chica que no acepte su propia heterosexualidad. Sin embargo, como decía antes, dado que la sociedad cada vez se está volviendo más errática en el terreno afectivo, creo que todo está empezando a ser un mundo aparte, independientemente de tendencias sexuales.

OD: ¿Es la visión de las relaciones interpersonales diferente a la que puedan tener los heterosexuales?

JQ: En este aspecto, yo creo que un heterosexual cuenta con la ventaja incontestable de poder acceder cómodamente a un currículo afectivo de lo más completo y, digamos, natural. Me explico: ya en su misma adolescencia, un heterosexual puede tener un contacto bastante directo y sin riesgos con su mundo sexual y afectivo. A nadie sorprenderá, escandalizará ni preocupará que este chico se sienta atraído por una o varias compañeras de clase y así, dentro de esa relativa libertad, él podrá actuar en consecuencia, labrándose poco a poco un currículo afectivo y sexual que podrá (o no) ir madurando con el paso de los años. Por el contrario, un adolescente gay, aún hoy en día, desgraciadamente no disfrutará de esa libertad y esa tranquilidad… y muchas veces se verá obligado a vivirlo todo en la más absoluta clandestinidad (eso en el mejor de los casos). Lo deseable sería que un adolescente gay pudiera decirle a un compañero de clase que le gusta y que aquel, en caso de no ser gay, no se sintiera amenazado o ridiculizado y simplemente dijera que, lamentablemente, no le interesa (o que sí lo está, en caso de estarlo). Sólo así podrían muchos gays ir labrándose un currículo afectivo que fuera más allá de lo meramente sexual o lo clandestino: teniendo un historial ya desde su adolescencia que no se redujera a lo meramente sexual. Y ojo, esto lo digo respetando mucho a los gays que sólo buscan el sexo por el sexo de manera enteramente voluntaria y meditada, que me parece tan respetable como todo lo demás.

OD: ¿Son las relaciones entre gays diferentes a las heterosexuales? ¿En qué se parecen, en qué se distinguen?

JQ: Arriba ya respondo un poco a esto, pero lo completaré diciendo que las cosas están cambiando tanto en una dirección como en otra. Cada vez hay más gays que buscan relaciones estables (cosa que parecía ser terreno vedado hasta hace relativamente poco) y, del mismo modo, cada vez hay más heteros, tanto hombres como mujeres, a los que no interesa “atarse” demasiado pronto y disfrutan de una vida sexual bastante poco exclusivista (cosa que, por otro lado, siempre se había visto como “patrimonio” gay).

OD: ¿Piensas que tu novela es interesante para un público heterosexual? ¿Qué puede transmitir a alguien que no conoce el mundo gay? ¿Crees que la narrativa gay puede contribuir a un mejor entendimiento del mundo gay?

JQ: Muchos lectores me han agradecido que haya reflejado el mundo gay (o, al menos, una parte de él) de una forma tan natural, accesible y poco estereotipada. Les choca que no aparezcan ni cuartos oscuros ni cruising ni ninguno de los tópicos que tal vez más puedan intimidar a un público heterosexual tipo. Lo que también he de decir es que no era mi objetivo en absoluto evitar que se sintieran “amenazados”, pero lo que tampoco me interesaba lo más mínimo era bucear en la parte, digamos, “depredadora” de la experiencia sexual gay… aunque esta también aparece, si bien de forma más suave. Yo creo que hay tanto estereotipo sobre el mundo gay que lo más útil que se puede hacer es agasajar al público con todo lo que no se ve en esos estereotipos.

OD: ¿Cómo ves la narrativa gay como género?

Pues la verdad es que cada vez lo considero menos un género en sí mismo, como comentaba antes. Por ejemplo, nadie diría que “Trópico de cáncer” sea narrativa “heterosexual”, por mucho que Henry Miller lo fuera y hable de sus vivencias en ese terreno. Así pues, ¿por qué ha de encasillarse una novela con protagonistas gays como “narrativa gay”? Quizás suene un poco conspiracionista, pero a veces creo que es una maniobra un poco malintencionada para ningunear y acotar, para reducir el público gratuitamente. Es como si dijeran: “Esto no es para ti, es para gays”. No sé, me parece todo muy desconcertante…

OD: ¿Cómo evalúas la evolución de la percepción de los gays por la sociedad?

JQ: Las cosas han cambiado sensiblemente y para mejor, eso es evidente, pero aún queda muchísimo por andar. Lo último que se puede hacer es dar por sentado que ya está todo hecho: sigue existiendo homofobia, agresiones a gays, jurados que dejan libres a asesinos confesos de gays cuyo impulso era la homofobia… eso por no hablar de que un elevado porcentaje (no tanto como hace años, pero igualmente elevado) de la población sigue manteniendo una ideología bastante reaccionaria. Quiero decir que hay que ser muy ingenuo para creer que ya está todo hecho.

OD: ¿Escribiste tu novela con algún objetivo concreto? ¿Qué querías transmitir con ella?

JQ: Quería escribir algo muy personal, eso era lo que más me preocupaba. Por supuesto, lo ideal era volcar en papel una serie de sentimientos, reflexiones, impresiones que tenía y que, aunque pudiera compartir con mucha otra gente, también fueran enteramente míos. No quería ni aleccionar ni entretener ni conmover, aunque seguramente el libro lo consigue, quiero decir que el proceso de escritura fue bastante poco cerebral en ese sentido.

OD: Un tema que tratas a menudo es el pasado. ¿Nos persigue y condiciona nuestro pasado? ¿Nos impide poder vivir nuevas experiencias sin ataduras.

JQ: Yo creo que el pasado siempre condiciona, para bien o para mal. A veces, son nuestras experiencias vividas las que nos permiten saber cómo encauzar nuestras nuevas experiencias. Otras, los errores del pasado pueden llegar a paralizarnos. Y en ocasiones, las experiencias vividas pueden hacer que caigamos en una dinámica del mismo tipo de experiencia repetida una y otra vez, sin que nos abramos a otras.

OD: ¿Crees en el destino? Al protagonista en algún momento le ocurren cosas que hacen pensar que puede existir algún aviso del destino?

JQ: Je, je… seguramente, esto es algo que tomé prestado de alguna película de Meg Ryan. Más que en el destino, hace años creía en las señales. Pero ya no demasiado. Digamos que ahora creo en las felices coincidencias, en dos personas que se conocen en el momento perfecto y en las condiciones perfectas.

OD: Los pintores (de la pintura moderna) -o al menos algunos de ellos- suelen decir que en su pintura hay que ver lo que uno cree ver, no lo que te diga el pintor que él ve o quiere que veas. ¿Pretendes con tu libro dar algún consejo al lector? ¿O piensas que es el lector quien debe sacar sus conclusiones?

JQ: Me interesa esta pregunta, sobre todo porque yo pensaba que mi novela tiene un final bastante cerrado, en el que los cabos sueltos quedan muy bien atados, si uno sabe leer entre líneas… pero me encontré hace poco con que no. Por no revelar de más a quien no la haya leído, diré que de las dos opciones posibles de final que sugiere la novela, yo la escribí pensando en una en concreto. Es decir, que el final es menos abierto de lo que parece, al menos por lo que a mí respecta. Sin embargo, hace poco un lector me preguntó si el final era el otro y no quise contradecirle, me pareció interesante que hubiera más de una lectura. De todos modos, si lees la dedicatoria que hago en mi segunda novela, “Todas las maldiciones del mundo”, verás que el final es bastante cerrado. Aún así, me parece perfectamente bien que el lector no crea todo lo que dice el protagonista, que lo juzgue, que lo cuestione y que saque sus propias conclusiones, que no tienen por qué coincidir con las del otro. Yo nunca he sido un lector pasivo y me gustaría pensar que los míos tampoco lo son.

OD: Los amores ¿se buscan, se encuentran o aparecen sin contar con ellos?

JQ: Yo siempre he sido de la opinión de que quien no busca, no encuentra. Pero también es verdad, posiblemente, que quien se desespera buscando, acaba no encontrando nada. O sea, que lo deseable sería un punto intermedio: no buscar a la desesperada, pero mantener los ojos bien abiertos por si aparece. Si he de ser sincero, en mi caso particular apareció en el momento menos esperado, cuando yo estaba harto y cansado y, en efecto, no quería ya nada con nadie. Por primera vez, surgió sólo como una amistad, sin que yo pensara ni me planteara de salida que pudiera ir a más. Y me siento muy agradecido, la verdad, porque me tomé las cosas con una claridad y una limpieza que quizás no hubiera ocurrido de otro modo.

¿Hemos podido despertar el interés del lector en leer esta novela?

El Tercer Deseo es algo más que una novela de amor. Con una cadencia bastante melancólica, pero a ratos maliciosa y nunca exenta de humor, se trata no de una, sino de tres historias de amor que se solapan entre sí. Tres historias que reflejan lo impredecible de la propia vida, lo cíclico de la naturaleza humana y, en última instancia, el irónico modo en que el verdugo puede volverse víctima y la víctima verdugo.
Jonás es un joven escritor que se encuentra en un momento delicado de su vida. Tras su ruptura con Iker, un atractivo chef narcisista e impredecible, de pronto se ve abocado a un callejón sin salida, viéndose en una situación que le bloquea a muchos niveles. Aunque contará con la ayuda de su amiga Clara, también aquejada de mal de amores, Jonás encontrará una vía de escape sobre todo a través de su trabajo: una serie de cuentos, que suponen una reflexión, a veces irónica y otras muchas amarga, de su condición y circunstancias.
Así, a caballo entre la ficción y la realidad, el amor llamará a su puerta, un amor auténtico, de verdad, algo que supondrá el replanteamiento de sus principios emocionales. Un amor real, con sus más y sus menos, que nada tiene que ver con cuentos de hadas y que obligará a Jonás a enfrentarse cara a cara con la cruda e inclemente vida real.

Seguro que a muchos el libro hará pensar, reflexionar sobre la vida y las relaciones humanas. Hemos aquí, sin duda, un buen libro que es mucho más que pasar el rato leyendo.

Muchas gracias, Javier, por la entrevista tan ilustrativa de un mundo que muchos desconocen, pero que es a la vez tan cercano.