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31 marzo 2012

¿Huelga General para qué? ¿Para quién?


Curiosa coincidencia: El cartel dice mucho de la situación
La Huelga General del pasado jueves fue una demostración de fuerza de la rancia izquierda radical de este país para darle a entender al gobierno y a los ciudadanos de lo que puede ser capaz si las cosas no se hacen como ella quiere.

Ha sido una huelga que dista mucho de haber sido general, y su seguimiento sólo se consiguió por el empleo de la fuerza contra bienes y personas, como expresión del desprecio que tienen sindicatos y militantes de la izquierda radical en general hacia el orden constitucional y las leyes, la libertad de los individuos de decidir lo que quieren hacer y la voluntad mayoritaria del pueblo expresada en las pasadas elecciones generales, cuando, al dar la mayoría absoluta al Partido Popular, los ciudadanos aprobaron los planes del ahora partido gobernante de llevar a cabo reformas que deben conducir a reducir la tasa de desempleo y reactivar la economía nacional.

También se ha podido comprobar en el pasado que la "voz de la calle" no es necesariamente la "voz del pueblo". Aunque se consiga reunir un millón de personas en una manifestación, ese millón no representa a veinte o treinta millones de votantes ni a la voluntad general de este pueblo. Los golpes de efecto conseguidos con manifestaciones vistosas o llamativas -especialmente cuando vienen acompañadas de actos vandálicos y delitos contra la propiedad privada y la salud de las personas- no son representativos de lo que quiere realmente la población en general, que normalmente se mantiene al margen de estas contiendas callejeras.

El horror de la huelga general. El estado de derecho impotente
El derecho a la huelga está muy bien - y en algunos casos hasta puede ser necesario hacer una huelga para que la otra parte se replantee sus posiciones cara de algunas reivindicaciones. Pero la huelga debe ser el último recurso, porque causa graves perjuicios a todos los afectados por ella. En la práctica, las huelgas son sólo un chantaje legal para conseguir algo que de forma normal y sin causar pérdidas a la otra parte no se conseguiría. Una huelga debe organizarse, además, sólo cuando sus reivindicaciones resultan ser realizables, no cuando se sabe de antemano que por esta vía no hay nada que hacer.

En la huelga general del jueves se sabía de antemano que las medidas del gobierno vienen impuestas por la Unión Europea y que no existe alternativa para conseguir que la economía vuelva a funcionar con normalidad y que baje la tasa de desempleo. Ha sido una huelga que ya estaba prevista con anterioridad a las elecciones generales, porque los sindicatos así lo dieron a entender y porque la rancia izquierda española no es capaz de aceptar ni de asumir que puede perder unas elecciones por lo mal que lo ha hecho cuando estaba en el gobierno.

Palizas a trabajadores: ¿Libertad para qué, para quién?
Los sindicatos sólo quieren mantener unos privilegios de una parte ya bastante reducida de los trabajadores que en realidad son herencia de tiempos de la dictadura. Pero los tiempos han cambiado mucho en los últimos 37 años, los mercados también y la dinámica del empleo más todavía. España es casi el único país que sigue con un coste del despido desmesurado. Tanto los socialistas como los populares en la época de Aznar siempre se han desetendido de una reforma en profundidad de todo el sistema laboral y de seguridad social en España, como tampoco se han preocupado nada por mejorar la formacion profesional no universitaria. Tampoco parecen haberse dado cuenta ni los unos ni los otros de que la Unión Europea y la desaparición de las fronteras internas de la Unión han convertido el mercado en menos previsible y menos controlable, ya que mucho empleo de tiempos de Franco ha sido víctima de la deslocalización de la industria, porque al no haber proteccionismo con fronteras cerradas hoy ya no es necesario fabricar en España para poder vender en España, y esta situación no la han sabido afrontar nuestros gobernantes, pues hacían falta reformas estructurales en profundidad desde los años ochenta, pero aquí nadie ha movido ni un dedo. Y las reformas necesitan muchos años hasta que surtan efectos.

Los sindicatos, por su parte, sólo saben usar un discurso decimonónico propio de aquellos que promovieron revoluciones artificiales a principios del siglo XX. No han hecho ninguna propuesta concreta de cómo resolver la crisis y, lo que es peor, han coartado la libertad de los ciudadanos y han promovido los ataques a empresas y establecimientos e incluso las palizas a trabajadores por no secundar una huelga, cuando ellos no son nadie para obligar a participar en un evento montado por los sindicatos. Con ello lo único que consiguen es dañar la imagen de España como país para inversiones y crispar los ánimos de la población al seguir en la línea del frentepopulismo caduco propio de países totalitarios como Cuba o Coreoa del Norte.

Es hora de que los juerguistas sindicales inviertan más en inteligencia y menos en tripas marisqueras. Las crisis como la actual sólo se resuelven si todos colaboran y hacen propuestas constructivas. Sin duda el gobierno acepta de buena gana cualquier propuesta seria, pero dudo de que los sindicalistas sean capaces de articular ideas más allá de "a por las cervezas y a vivir".


16 abril 2010

La conjura de los necios: Fervor bolchevique en la universidad

Después del espectáculo entre bochornoso y patético, pero sobre todo contrario al estado de derecho y la Constitución, organizado por los sindicatos, los artistas de la ceja y algún fiscal jubilado con claros signos de enajenación histérico-memorística y de deslealtad a su propio cuerpo profesional para defender al indefendible juez estrella sospechoso de prevaricación y otros delitos contra el estado de derecho, acto que dejó patente la alienación de los líderes sindicales respecto de sus verdaderos cometidos como la defensa de los trabajadores (aunque éstos sólo interesan en la medida en que tengan empleo en empresas con comités de empresa para asegurarse puestos, cargos y liberaciones laborales para dedicarse a las actividades de activismo sindical político-ideológico y sobre todo chekista, ya que resulta sumamente aburrido ocuparse de los problemillas de los trabajadores y especialmente tedioso buscar soluciones para el desempleo creciente), los artistas de la ceja convocaron un encierro en la Facultad de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense de Madrid, situada en la calle San Bernardo, donde, según recordó la arpía roja de Pilar Bardem, comenzaron las protestas ciudadanas en la última etapa del franquismo". La protesta estuvo convocada por varias asociaciones para la "recuperación" (o mejor dicho tergiversación) de la memoria histórica bajo el lema "¿Impunidad para el franquismo? No, gracias".

Curiosamente, el encierro ha sido un fracaso rotundo, y no es nada sorprendente. Esta nueva burguesía de bolcheviques de salón no está acostumbrada a las penurias de los bancos de madera y de un aula poco acogedor en una facultad un tanto destartalada. En realidad ha sido un reflejo de lo que fue la protesta o lucha contra el franquismo de muchos que en aquellos tiempos vivían muy bien del franquismo, como por ejemplo José Sacristán, que se hacía de oro con aquellas películas de españoladas de los años sesenta y setenta.

Así ocurrió que los cejistas no acudieron más allá de la presentación por la mañana, ausentándose después y dejando el encierro en manos del escaso populacho antifranquista que, de manera quijotesca, ven franquismo donde hay estado derecho, sufriendo un tipo de confusión como la de Don Quijote, que en lugar de molinos de viento veía una especie de monstruos contra los que luchar. Y resulta que España, en realidad, no parece haber cambiado mucho en cuanto a mentalidad desde los tiempos de Cervantes. Resulta que los cejistas no son más que unos nostálgicos de tiempos que ni siquiera vivieron y que magnifican por la percepción distorsionada de la realidad, confundiendo el deseo con los hechos y apoyando erróneamente a un personaje ruin aupado a héroe de una república que nunca ha sido como dicen que fue y cuyo sistema nunca sería otra cosa que la repetición del horror de tiempos pasados más que tenebrosos.


09 diciembre 2009

Hermann Tertsch: La cosecha de un lustro


RESULTA que ahora nos salen unos cuantos socialistas alarmados por el cariz de los acontecimientos y, especialmente, por la bomba de relojería del Estatuto catalán colocada bajo la Constitución por el señor Rodríguez Zapatero. Por una vez, el señor Gregorio Peces Barba abandona su obsesión de insultar a la Iglesia Católica para advertir que la única nación soberana es España. Tiene toda la razón. Lo pone en esa Constitución que él ayudó a redactar y que el actual presidente juró en su día cumplir y hacer cumplir. Como sabemos, este último no ha hecho ni lo uno ni lo otro. Por el contrario, hemos asistido durante cinco años a un ejercicio de irresponsabilidad, soberbia, ignorancia y mentiras que nos lleva inevitablemente a una situación perfectamente traumática. Ahora salen algunos, callados como discretas meretrices durante todo este disparate, para decirnos que están preocupados y que deberíamos volver a tener el recurso previo de inconstitucionalidad.

Pues tienen razón. Siempre que enmiendan. Pero ya va a ser muy difícil evitar que nuestros nacionalistas socialistas, y viceversa, abandonen la deriva de confrontación con las instituciones del Estado y por supuesto con la Carta Magna en la que se fundamentan. También ha salido nuestro inefable cristiano socialista de la nueva aristocracia, el señor presidente del Congreso, José Bono, a decir que las leyes no son de chicle. Se lo podían haber contado todos ellos hace mucho tiempo al eterno adolescente y Gran Timonel. Pero ya sabemos que aquí los cargos y los sueldos los reparte exclusivamente quien ha liquidado todos los órganos del Partido Socialista como elementos de control y democracia interna. Ahora, pasado el Día de la Constitución, veremos cómo se las arreglan todos para ejercer la necesaria presión al Tribunal Constitucional para que corrija al alza los recortes absolutamente perentorios a esa locura que supone el acto de suicidio de uno de los Estados más antiguos del mundo.

Buscarán todo tipo de enredos para enfrentar a los españoles entre sí y volver a reagrupar a su bandería en unas filas prietas. Así, nos quieren tener a los españoles entretenidos con todo tipo de ocurrencias, desde el batiburrillo improvisado de la Ley de Economía Sostenible a nuevas ofensivas contra la religión, contra el supuesto facherío y contra el empresariado. Esta última, aunque también todas las anteriores, son una perfecta anomalía en una democracia europea. Que los sindicatos salgan a la calle apoyados por el Gobierno y movilizados con dinero público para intimidar al sector empresarial es una mamarrachada peligrosa y desde luego única en Europa. Que todos los paniaguados se lancen a combatir a los únicos que pueden crear empleo en una sociedad moderna es realmente una gesta propia de Hugo Chávez o Evo Morales, ese que ya ha logrado por la vía del populismo cargarse su siempre precario Estado de Derecho. No es lo mismo democracia y Estado de Derecho, como bien saben los alemanes desde que votaron a Hitler o están comprobando los venezolanos hoy en día. No hay que dar un golpe militar para liquidar ese bien que garantiza la seguridad jurídica y física de todos los ciudadanos en un Estado que cumple sus reglas con la división de poderes y el cumplimiento de sus propias leyes. Cuando en España se está espiando y controlando desde el Ejecutivo a los ciudadanos, cuando los medios gubernamentales oficiales u oficiosos atacan a todo discrepante u opositor y cuando se producen extraños pero muy contundentes actos de amedrentamiento por parte de los poderes públicos, es que, junto a la ruina económica, España se aleja también de las normas exigibles de un Estado miembro de la Unión Europea. Cuando el Estado se inventa leyes que pasa de matute para investigar a los ciudadanos sin control judicial estamos cogiendo muy mal camino. Y cuando hay tanta gente que habla en voz baja, que no utiliza ya el teléfono para ninguna conversación seria por miedo a represalias, y alguno sufre agresiones físicas inexplicables y automáticamente se las atribuye a la policía política de «Fouché Rubalcaba», después de haber sufrido otras verbales en las televisiones del señor Zapatero, es que hay motivos para el miedo. Gran cosecha de un lustro.


ABC - Opinión