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25 diciembre 2010

Iluminación navideña o La decadencia de Occidente


Cada año de nuevo, especialmente a lo largo de los últimos ocho años, la iluminación navideña de Madrid y muchas otras ciudades europeas se ha convertido en todo menos el enaltecimiento del significado de las fiestas de la Natividad de Cristo.

La enajenación de estas fiestas llega a tal punto que gran parte de las sociedades europeas ya no está en condiciones de explicar el porqué de la Navidad, convertida en una fiesta de consumo y de regalos sin sentido más allá del deseo de recibir gratuitamente objetos de los demás.

Cuando se pregunta a los ciudadanos en la calle qué es la Navidad y por qué se celebra, especialmente los más jóvenes no saben lo que significa ni siquiera el nombre.

Navidad viene de Natividad (del Señor Jesu Cristo), como Weihnachten de la Noche Sagrada (geweihte Nacht). Y se llega a aberraciones de convertir esta fiesta en "Feliz cambio de temporada" o "Felices Vacaciones", como si el hecho de tener vacaciones en estas fechas fuera un motivo de celebración y fiesta o se tratara de celebrar simplemente el cambio estacional (cuando en realidad se trata del solsticio por ser el 21 de diciembre el día más corto del año. ¡Qué barbaridad! ¡Qué blasfemia!

La Navidad, desde hace décadas, pierde cada año más de su significado. El aspecto más repugnante de la vorágine comercial es la imposición global de la imagen de un San Nicolás degenerado en Santa Claus à la Coca Cola. El poder del marketing estadounidense ha conseguido eliminar cualquier rasgo del San Nicolás original y sustituirlo por un monigote de colores chillones y con ropaje más que cutre que ya no recuerda ni de lejos que en realidad se trata de la figura de aquel obispo de Bizancio, al que le siguió la leyenda de haber sido generoso con los niños en fechas navideñas.

Lo más triste es que incluso los políticos que se autodenominan o consideran conservadores -cuanto más hipócritas-  han sustituido la imaginaria tradicional por un desfile de diseños de moda geométricos muy alejados de lo que transmite la Navidad, presumiblemente para no ofender a nuestros conciudadanos de otras religiones, sobre todo la tan radical e intolerante religión musulmana, cuyos feligreses se sienten ofendidos por cualquier cosa que suene a cristianismo. Y se olvidan de que la Navidad es una fiesta profundamente cristiana, incluso cuando antiguos símbolos paganos de origen germánico hayan sido convertidos en soportes de simbología crsitiana.

Esta cobardía de nuestros políticos europeos, tan poco representantivos del sentir general de sus pueblos, tan poco dignos administradores de una herencia histórica basada en la cultura cristiana y occidental, ha convertido nuestra Navidad en un espectáculo comercial de luces y sombras, de renuncias y enajenaciones, de traición y sedición, para entregar a nuestra cultura occidental sin defensas posibles a las hordas bárbaras venidas de oriente que nos imponen su detestable estilo de vida al ritmo  de su infiltración en nuestras sociedades, muchas veces pagados con nuestros impuestos en forma de exagerados e injustificados beneficios se subsidios sociales. Es una situación creada a partir de las Resoluciones de Estrasburgo de 1973, aprobadas sin legitimidad alguna por representantes de los pueblos europeos occidentales y sin conocimiento por parte de éstos, para entregarnos sin contrapartida alguna a la hegemonía islámica por razones que se desconocen. ¿Quién en su sano juicio se entrega al enemigo más feroz y sanguinario para garantizar su propia decapitación?

Así es que cada Navidad resulta más aberrante, más repugnante, más atemorizante ver cómo la imagen luminosa  de nuestras ciudades se parece más a una cuadratura del círculo o una circulatura del cuadrado de unos valores que los gobernantes parecen haber inventado para no tener que acordarse de ellos. Una cosa es la laicidad del gobierno, del estado, y otra muy diferente es la vacuidad de la sociedad a la hora de celebrar una fiesta religiosa, profundamente europea, al no saber explicar, en su inmensa mayoría, cuál es el significado real de la misma.

Por añadidura, la mezcla entre San Nicolás convertido en Papa Noël y hasta en la aberración cocacolense de Santa Claus -de Sante Klaas [holandés] por la influencia holandesa en Estados Unidos- y los Reyes Magos, impensable aún a principios de los ochenta en España, no ha hecho sino aumentar la confusión sobre el origen de la fiesta y el sentido de los regalos, pues los regalos de San Nicolás nada tienen que ver con aquellos de los Reyes Magos, siendo diferentes los destinatarios como diferentes los porteadores de los mismos. Los que adoraron a Cristo en su pesebre regalaron con otros objetivos que el que fuera obispo cristiano en tiempos posteriores en tierras bizantinas, cuya leyenda se fue transformando en cada región europea para adquirir personalidad propia, aunque hasta la imposición cocacolense prácticamente nunca había perdido su carácter y aspecto obispal, ya que como tal obispo humanitario había sido considerado como alguien que diera una pequeña alegría especialmente a los niños más necesitados -y sólo a éstos- de su zona de influencia.

Los políticos, por tanto, merecen nuestra reprobación por pervertir el sentido de la Navidad con una imaginaria láica llevada al extremo de la enajenación simbólica de una fiesta cristiana a la que traicionan y ofenden. Lo más consecuente sería que, antes de blasfemar y vilipendiar los valores mismos de la Natividad de Cristo, decidieran suprimir del todo la fiesta y la vorágine consumista para dejar su celebración reservada a los ámbitos privados cristianos sin más imposiciones de laicismo feroz. Pero al mismo tiempo deberían omitir cualquier referencia a otras religiones que parecen hoy en día más sagradas que las vacas de la India, con tal de no ofender a sus fanáticos seguidores que no hacen más que amenazar a nuestras sociedades europeas con reprimendas por las ofensas que dicen se les propinan, cuando en realidad son ellos quienes ofenden a todo un continente,  en connivencia con los políticos que tan indignamente nos representan. 

Ha llegado un punto en el que los europeos y -por extensión-  los norteamericanos nos debemos plantear hacer frente a la destrucción de nuestra cultura y nuestros valores. La Navidad comercial y política es la muestra más contundente del riesgo que estamos corriendo en la actualidad. 

La Navidad no es, hoy en día, una fiesta de la felicidad, sino un motivo de preocupación. El deterioro de los símbolos que se usan para decorar el mes de su celebración es equivalente al deterioro de nuestra sociedad occidental. Hoy más que nunca queda patente que algo muy grave puede ocurrir. De nosotros, los ciudadanos, depende encauzar la situación y reconducirla. Sólo que no tengo mucha esperanza de que esto ocurra. Más bien parece que vamos directamente al desastre.

Disfruten de lo que queda de la Navidad.


01 junio 2010

Alemania: La república malograda


En realidad, Alemania nunca debía haberse convertido  en república. Nadie la quería y nadie la votó. Ese es el principal problema y es sintomático para lo que ocurre hoy tras la dimisión por sorpresa del presidente de la república.

En Alemania siempre han tenido cierto problema con la democracia directa. Nunca se consulta al pueblo, se le pone ante los hechos consumados, se trate de la primera o de la occidental (no hace falta hablar de la oriental) de las dos segundas repúblicas. Tampoco después de la incorporación por adhesión de lo que era la república comunista de Alemania Central los políticos alemanes tuvieron el valor de refundar el estado sobre nuevas bases, con una constitución y con una participación ciudadana que nunca ha existido más allá de lo testimonial.

La primera república nació ya tocada de ala tras una guerra mundial que comenzó por una nimiedad y acabó en desastre europeo. Nació porque el emperador alemán se ausentó sin asumir su parte de la responsabilidad, no dispuesto a abdicar en el príncipe heredero y dedicado ya sólo al fornicio con su amante en un palacete en los Países Bajos. Aún así, nadie de los políticos del momento pensó en celebrar un referendum, en cambio sí se lanzaron varios a proclamar la república sin contar con la legitimación para ello. Eso explica, quizás, la poca identificación con el estado, con una democracia no desarrollada, apenas 50 años después de abolirse el estado feudal en Prusia.

Tras el siguiente desastre autofabricado, sobre todo debido a la dejadez de la oposición y de los políticos de los partidos constitucionales en general al ganar las elecciones quien ya había anunciado que iba a destruir la democracia, el país -ya dividido y diezmado- intentó otro ensayo republicano en el oeste, en un principio marcado por hombres valientes que habían quedado tras perder mucho capital humano en una guerra sin sentido y sin posibilidad alguna de éxito. En un país derruido bajo las bombas de los aliados, despojado de su patrimonio cultural hoy escasamente recuperado, así como de un 40% de su territorio, se intentó un nuevo ensayo democrático con muchas limitaciones tan impuestas por los aliados occidentales como las fronteras artificiales de sus estados federados y, por esa misma razón, carente de mecanismos que fomentaran una mayor identificación con el estado.

El presidente de la república federal sólo es una institución decorativa, sin poder y sin apenas margen para opinar. No se elige por el pueblo, no vaya a ser que se repita la experiencia inexistente de la primera república (teniendo en cuenta que el enano de los alpes llegó al poder por el parlamento y gracias a los tontos útiles de la derecha conservadora de entonces, mientras hoy se falsifica la historia adjudicando el desastre al senil presidente Hindenburg), sino por una Asamblea Federal compuesta por la Cámara Baja y la Cámara Alta, más unos cuantos diputados de los parlamentos regionales designados por éstos para participar en la votación. Por eso, Alemania no ha tenido ni un presidente de la república que tuviera una amplia aceptación y fuese conocido ampliamente. Siempre han sido candidatos de consenso entre los grupos parlamentarios que controlan la mayoría en la asamblea que sólo se constituye para elegir al jefe del estado.

Quitando a Theodor Heuss, el primero y mejor presidente que tuvo la república federal, Horst Köhler quizás haya sido el menos anodino. Significativo es también que haya sido miembro de una parte del pueblo en vías de extinción, porque es hijo de una familia alemana del Norte de Bessarabia (antes Rumanía, luego Moldavia) de donde fue expulsada a consecuencia del pacto entre Hitler y Stalin y en 1942 trasladada forzosamente a la Polonia ocupada por los nazis para fines de repoblación germánica, donde nació Köhler cerca de Lublin un año antes de tener que huir de los rusos hacia Alemania Central, luego convertida en RDA, de donde su familia volvió a huir en 1953 para asentarse en Suebia (Alemania Occidental). Se puede decir que con él ha presidido el país un hombre que sabe mucho del pueblo alemán y que puede entender a todos.

Con su marcha, queda a la vista que Alemania es un país decadente cuya población ha perdido tanto la identidad como la homogeneidad. La falta de respeto a las instituciones y la propia cultura llevan Alemania a una deriva peligrosa. Los menos respetuosos en este momento son los Verdes con sus vociferantes representantes Trittin (antiguo maoista de la generación de 1968) y el turco Özdemir, que hace unos años tuvo que retirarse de la política por corrupción, pero a la que ha vuelto con nuevos bríos de impetuosidad y ego crecido. No se parecen dar cuenta, pero Alemania ya no es de los alemanes.
La cara de Köhler al comunicar su dimisión ha dicho más que mil palabras. No se trata sólo de un comentario malinterpretado sobre misiones militares en el exterior. Los problemas son más profundos. Gran parte de culpa tendra, sin duda, la canciller Merkel, pues no paran de dimitir pesos pesados de su partido, y los liberales coaligados con ella no están a la altura de las circunstancias, carentes de convicciones firmes y sometidos a la batuta de de la "codorniz de la zona" (Zonenwachtel; Zone es el nombre despectivo que los occidentales usamos para la antigua zona de ocupación soviética convertida luego en RDA), como la llama un conocido humorista alemán.

La república lleva estancada mucho tiempo. La incursión masiva de alemanes del este no ha sido sino un factor más para el desmembramiento del país. La participación de los comunistas del este en todas las instituciones ha deteriorado la calidad de la democracia, con ellos se han infiltrado miles de "stasis" (espías e informadores de los servicios secretos del este) en las instituciones, especialmente allá donde están en coalición con los socialmemócratos como en Berlín. La Stasi sigue trabajando, en ayuntamientos, en empresas de seguridad (¡vaya cinismo!), en todas partes. También aquí, en España, y quien no lo cree, que mire lo que pasa con Cuba, Venezuela y los tontos útiles que tenemos en España.

Un suceso como la dimisión de Köhler es impensable en una Monarquía. Es precisamente este uno de los grandes valores de la institución monárquica, pues su estabilidad fortalece al país y no lo deja caer en una situación de precariedad institucional aún cuando otras instituciones dejan bastante que desear.

A Alemania le queda poco tiempo si quiere sobrevivir. Quizás lo que hace falta es un cambio radical. Disolver Alemania y dividirla en nueve estados independientes para volver a la situación anterior a 1871 no sería mala idea. Ayudaría al pueblo alemán a reencontrarse con su origen y su identidad, la de cada una de sus regiones históricas. Pero claro, eso implicaría volver a la Monarquía, y no veo el pueblo alemán capaz de ser tan imaginativo y creativo. Es un pueblo acabado. Qué pena.